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Basura espacial

Josep Maria Casas Sabata 1/04/04

Ecotropía (Barcelona). El pasado 22 de enero de 2004, en Argentina cayó un objeto cilíndrico de más de 3 metros de diámetro y 70 kilogramos de masa. Se supuso que el objeto «caído del cielo» era parte de los restos de un satélite espacial que tenía su órbita sobre aquella región.

Muchos fuimos testimonios, también en enero pasado, de la expectación creada por la caída de un supuesto meteorito entre Palencia y León, donde centenares de personas dijeron haber visto «una bola de fuego cruzar el cielo». Desde febrero del pasado año, la NASA investiga el trasbordador Columbia, cuyo accidente pudo tener relación con los importantes destrozos que sufridos en el ala izquierda al entrar en la atmósfera, supuestamente producidos por el choque con algún tipo de chatarra espacial.

En el año 1965, el astronauta norteamericano del Géminis 4, Edward White, perdió un guante, permaneciendo en órbita durante un mes a una velocidad cercana a los 30 000 km/h. En el año 1979, la nave Skylab dispersó 20 toneladas de residuos por el océano índico y Australia. Parecido fue el caso del depósito del cohete espacial Delta, de 225 kg, que en 1997 impactó a 50 metros de una granja de Tejas. Ese mismo año, los paneles solares del Hubble fueron perforados por el impacto de un fragmento de chatarra espacial.

Pero la historia de la chatarra espacial no había hecho más que empezar. En 1999, en sus primeros momentos de vida, la Estación Espacial Internacional estuvo a punto de morir. El sueño de la astronáutica mundial, fruto de la colaboración entre 15 países, estuvo a punto de perderse en el espacio. Durante una hora y media navegó sin control intentando esquivar un antiguo cohete ruso abandonado años antes y que, finalmente, pasó a unos 7 km de distancia de la estación. En septiembre del 2002, un astrónomo aficionado canadiense descubrió un depósito de combustible que daba vueltas a la Tierra y que fue identificado como la tercera etapa del cohete americano Saturno V, lanzado con la misión espacial Apolo XII en 1969. La luz que reflejaba se correspondía con el óxido de la pintura de titanio que se empleaba en esas misiones. Llevaba 35 años ahí arriba y quizás caiga en algún momento de los próximos 10.

Éstos son, solamente, algunos ejemplos de los efectos causados por la proliferación exponencial de muchos tipos de deshechos que giran sin control sobre nuestras cabezas.

40 años de chatarra espacial

Después de más de 40 años en la era espacial, la conquista del espacio ha supuesto muchos beneficios para la humanidad, especialmente en el campo de la ciencia, las telecomunicaciones, la navegación, ... No obstante, también se ha generado un gran número de residuos procedentes de satélites inutilizados, de fases de cohete, aparatos no operativos, piezas de maquinaria liberadas durante las operaciones, fragmentos diversos, pintura, herramientas y hasta reactores nucleares. Y cada año desde 1957, momento en que se lanzó el Sputnik, se ponen en órbita nuevos satélites. Se calcula que, en total, han sido enviados 4800 artefactos al espacio. Para rematar el trabajo, según la ESA (Agencia Espacial Europea), sólo un 5% de los satélites que orbitan en la Tierra se encuentran operativos; el resto se considera chatarra inutilizable. La ESA reconoce que el problema reside en que la mayor parte de la basura está repartida entre la órbita geoestacionaria (a unos 36 500 km de altura y donde se sitúa la mayor parte de los satélites de telecomunicaciones) y la órbita baja LEO (Low Herat Orbit), situada entre 200 y 3000 km y donde operan los satélites científicos y militares. El mando espacial tiene clasificados alrededor de 8900 objetos de dimensiones superiores al los 10 cm orbitando alrededor de la Tierra, con un peso total de, aproximadamente, 4500 toneladas. De estos objetos, 2700 son satélites, 100 naves espaciales y 6100 chatarra espacial. El Instituto Astrofísico de Canarias ha catalogado, en los últimos años, cerca de 150 000 fragmentos de basura espacial. Todos estos objetos orbitan a una velocidad de unos 10 km/s, mientras que una bala de fusil va a 800 m/s. Por tanto, un objeto de unos 80 gramos lleva una energía cinética equivalente a la explosión de 1 kg de TNT, suficiente para destruir completamente un satélite de 500 kg. A todo esto, deberían sumarse los más de 100 000 fragmentos estimados de entre 1 y 10 cm. Por si fuera poco, aunque desde 1988 no se han vuelto a enviar al espacio reactores nucleares, hay unos 1300 kg de material radioactivo repartidos entre 50 satélites.

Cómo se elimina la chatarra espacial

La eliminación de esta chatarra es un proceso difícil. La basura se destruye cuando cae a la Tierra o al entrar en las capas superiores de la atmósfera. Este último es el caso más normal, pero desde 1957 hay noticia de 62 impactos producidos por chatarra espacial sobre la Tierra. Ante toda esta problemática, se han puesto en marcha proyectos para conocer mejor y poder controlar la caída de estos objetos. Entre ellos, destacan tres sistemas: los observatorios telescópicos, el láser de alta intensidad desarrollado por la NASA (proyecto ORION), los cables de campo magnético y el «camión de la basura espacial».

Se han ubicado más de 50 observatorios telescópicos donde se realizan unas 150 000 observaciones diarias para rastrear y detectar nueva basura espacial. La detección se realiza por diferentes medios: radares o telescopios. Estos sistemas se están complementando con el desarrollo de modelos informáticos que permiten predecir el comportamiento de los fragmentos más peligrosos.

Para la eliminación de los residuos una vez detectados, además del proyecto ORION, existe un proyecto alemán, el «camión de la basura espacial» que, literalmente, tendría que recoger la basura y enviarla a una órbita más baja para que fuera incinerada al entrar en la atmósfera.

Para futuras misiones espaciales, se está considerando incorporar en los satélites cables de varios kilómetros de longitud enrollados, de manera que una vez finalizada la vida útil del satélite se desenrollen y se pueda aprovechar la diferencia de potencial inducido entre sus extremos debido al campo magnético terrestre. Este potencial produciría una corriente que gastaría energía, provocando la frenada del satélite y su precipitación hacia la atmósfera.

Por su lado, la ONU, dado que queda claro que sale más a cuenta no ensuciar que limpiar, ha dictado un conjunto de recomendaciones encaminadas a que los estados eviten ensuciar el espacio y prevenir, de este modo, los impactos de la basura espacial contra las instalaciones espaciales. Pero por si acaso, algunos países como Canadá han decidido poner una carcasa a sus aparatos espaciales, y las estaciones orbitales con larga vida útil, como la estación rusa Mir, ya se han construido con un blindaje especial para intentar minimizar los efectos de una colisión.

Josep Maria Casas Sabata, es catedrático de la Escuela Universitaria Politécnica de Manresa, especializado en el estudio de la contaminación ambiental, especialmente la producida por metales pesados.


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