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Gestión de las aguas residuales domésticas
Ecotropia (Barcelona). El crecimiento de las ciudades y el hecho de que muchas de ellas se sitúen cerca de ríos y lagos han provocado, especialmente en el último siglo, que estas masas de agua se conviertan en receptores de gran cantidad de aguas residuales generadas por la actividad humana. La primera preocupación que podía representar el agua residual era la contaminación fecal, con el consiguiente peligro para la salud. Sin embargo, el desarrollo de sistemas de potabilización que minimizasen este peligro ha hecho que la preocupación por el saneamiento fuera derivando hacia aspectos más ecológicos, como el reducir el impacto que las aguas residuales domésticas provocan en el medio receptor. Debido a ello, se han ido construyendo estaciones depuradoras de aguas residuales urbanas (EDAR) como una infraestructura básica de las ciudades actuales, con el objetivo de reducir la contaminación vertida. Aunque ni el ritmo de construcción, ni las características de las instalaciones han sido los mismos en todas partes, sí parece observarse una secuencia repetitiva; en primer lugar, preocupa la eliminación de materia orgánica biodegradable causante del elevado consumo de oxígeno, que puede provocar problemas de anoxia en el medio. En segundo lugar, preocupa la reducción de los nutrientes causantes de los problemas de eutrofización, que restringen los límites a medida que la tecnología (y los recursos asignados) lo van permitiendo. En Europa, la publicación y posterior aplicación de la Directiva 91/271 significó un momento crucial, por cuanto definía unas características básicas que debían cumplir todas las estaciones depuradoras de aguas residuales, pero, sobre todo, porque adoptaba como criterio el limitar las emisiones, sin tener en cuenta las características del medio receptor, excepto para las poblaciones de menos de 2000 habitantes. En España, el número de EDAR ha ido incrementándose paulatinamente y su aplicación ha llevado a una proliferación de estaciones depuradoras biológicas urbanas que aplican fundamentalmente el proceso de lodos activados. Estaciones depuradoras gracias a las cuales se ha podido reducir significativamente la carga orgánica que reciben nuestros ríos. Pero estas actuaciones, aplicadas conjuntamente con otras, que parecían ser condición suficiente para mejorar el estado de los ríos, se están revelando sólo como condición necesaria. Al igual que en los estudios universitarios el objetivo prioritario es que el alumno sea el que aprenda, también se está produciendo un cambio de paradigma por parte de la sociedad, que valora como criterio fundamental el estado del medio receptor, y como accesorio los elementos necesarios para alcanzar dicho estado. En este sentido, la Directiva Marco del Agua al priorizar el estado ecológico de las masas de agua, ha ejemplarizado el paradigma de la nueva visión. De todo ello, se ha ido constatando que en la materia orgánica biodegradable, los sólidos en suspensión y los nutrientes no son los únicos, ni quizá los más importantes, elementos contaminantes que lleva el agua residual doméstica ya que, cada vez más, se añaden productos farmacéuticos y de higiene personal. Nos encontramos, pues, con unas instalaciones que no han tenido en cuenta las características del medio receptor, y por tanto, no tienen en cuenta su capacidad de dilución, provocando un coste de operación, económico y energético, considerable y un subproducto como los fangos de depuradora (también llamados biosólidos), de gestión compleja. A pesar de ser eficaces, según los parámetros para lo que fueron diseñadas, plantean serias dudas de eficacia debido a los contaminantes emergentes. ¿Qué hacer en estas circunstancias? Por un lado, hay que mantener estas instalaciones en funcionamiento, procurando minimizar su consumo energético y la cantidad de subproductos producida, y evitar alteraciones que puedan agravar el medio receptor. Por otro lado, y paralelamente al primero, debe plantearse su actualización/ modificación /substitución. En épocas de cambio, existen diferentes visiones con las que alcanzar los objetivos, dar respuestas a los nuevos retos. Siempre hay una aproximación tecnológica que ofrece soluciones de final de tubería modificando procesos (utilización de membranas, aplicación de modificaciones del proceso biológico de lodos activados utilizando digestión anaerobia, etc.) o mejorando sus prestaciones, con la aplicación de herramientas habituales en otro tipo de industrias (desarrollo de sensores, bucles de control avanzado, etc.). De todos modos, si hay una cosa que hemos aprendido es la necesidad de actuar antes de que la contaminación se produzca -debemos ser capaces de realizar campañas que permitan minimizar lo que se vierte a las aguas residuales-, o invertir en la modificación de los sistemas de gestión de las aguas residuales -estableciendo circuitos de aguas grises, modificando los procesos de lavado, etc. Aunque muchas de estas soluciones son útiles para resolver problemas parciales, parece claro que sólo una integración inteligente de las mismas, con una aproximación sistémica, puede proporcionar los mejores resultados. Y ello sólo puede lograrse con la participación de los múltiples agentes que intervienen en el proceso. Es decir, el reto es conseguir que las decisiones se tomen con la más amplia participación y consenso. Manel Poch es catedrático de ingeniería química en la Universidad de Girona. |
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