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La educación ambiental, entre los valores y las
ciencias
Ecotropía
(Barcelona).
Hay
especialistas que explican en las escuelas cómo debería hacerse la educación en
temas ambientales. Frecuentemente, insisten en los valores, es decir, en cómo
hacer ver y creer a los chicos y chicas que todos los seres vivos tienen
derecho a ser respetados, que hemos de pensar en las generaciones futuras, que
es necesaria una ética ambiental basada en la conciencia de que el planeta Tierra
tiene dimensiones limitadas, que la población humana ya ha crecido mucho, que
con arrogancia hemos hecho desaparecer especies que existían antes que
nosotros.
Las
materias primas y la energía de los combustibles fósiles son limitados, los
importamos de muy lejos con costes ambientales y sociales enormes y, en
consecuencia, es correcto intentar gastar menos y, si es posible, reciclar más.
Todos estos argumentos son buenas ideas, valores sociales verdes o ecologistas
que son atractivos para muchos jóvenes. Otros o, según como, los mismos, pero
otro día y a otra hora, piensan que si no hay para todo el mundo, al menos que
haya para ellos, que los coches y las motos cuanto más grandes mejor, que no
hay que pensar en las generaciones futuras porque quizás el mundo se acaba
antes, como consecuencia de una guerra nuclear, que los animales y las plantas y
los microorganismos están en la Tierra para servir a los humanos, para ser
nuestros esclavos.
¿Quién
puede decir que estos «otros» valores (anti-ambientales) no están presentes en
nuestra sociedad y por lo tanto en las escuelas? ¿Acaso los políticos no
predican continuamente las virtudes del crecimiento económico? Es habitual que
todo el mundo sonría con la frase atribuida a Groucho Marx «¿Por qué hay que
preocuparse de la posteridad si la posteridad no ha hecho nada por mí?». ¿No es
común, por ejemplo, que en los pueblos del litoral catalán haya acuerdo general
entre sus habitantes para convertir las rieras en aparcamientos? Los valores
verdes, ecologistas, son aún minoritarios. Está muy bien que en la escuela se
hable de ellos, pero pienso que la educación ambiental es otra cosa.
Hay
métodos de enseñanza que perjudican la comprensión de los temas ambientales.
Son especialmente perjudiciales aquéllos que presentan los problemas del medio
ambiente divididos entre los enfoques de las ciencias sociales y los de las
ciencias naturales. Los temas ambientales tienen una enorme virtud didáctica:
permiten romper esta tradicional división. En la educación ambiental esta visión
transversal no debería ser motivo de una o dos sesiones extraordinarias durante
el curso sino que debería ser el pan nuestro de cada día, incluso de forma que
la profesora o profesor de sociales, junto con el profesor o profesora de
naturales y con los de historia dieran la clase conjuntamente.
Por ejemplo, la
fotosíntesis se explica a los alumnos entre los diez y los doce años de edad.
Durante la primavera es bonito ver sus resultados, cómo crecen las plantas
capturando el dióxido de carbono presente en la atmósfera y liberando oxígeno.
Como ya hace unos doscientos años que empezó a explicarse este proceso, todos
nosotros hemos oído y leído frecuentemente sobre él. Sería importante que en la
misma clase en la que se explica la fotosíntesis se explicara también el tema
del descubrimiento de la agricultura en diversas zonas del mundo hace siete u
ocho mil años, precisamente para aprovechar la fotosíntesis para la nutrición
humana y que, a la vez, se explicaran las religiones solares de algunos
pueblos. En la clase del día siguiente, al repasar la fotosíntesis,
explicaríamos también que actualmente estamos vertiendo tanto dióxido de
carbono a la atmósfera que provocamos el aumento del efecto invernadero: las
plantas y los océanos no pueden capturar tanto carbono! De ahí pasaríamos a
explicar la política internacional del petróleo (y la guerra de Iraq) y el
protocolo de Kioto que Estados Unidos no quiere firmar. Todos son temas
relacionados con el dióxido de carbono. La mezcla adecuada de los aspectos
sociales con los naturales estimula el aprendizaje: la educación ambiental no
es solamente un tema de valores sociales, es especialmente un tema de enseñanza
transdisciplinaria.
El día que toca explicar las unidades de energía (las
calorías, los joules, los kilowatts/hora), conviene hablar de las centrales
nucleares, que son polémicas, de los aerogeneradores que se están instalando en
muchos sitios, qué potencia tienen, cuántos joules, cuantas calorías, cuantos
kilowatts por hora darán. Y si se habla del ácido sulfúrico, que la clase de
química se convierta en una clase de sociales, que trate de la producción
(involuntaria) de dióxido de azufre en las centrales termoeléctricas y en las
fundiciones de metal, que se explique la lluvia ácida, que se miren casos
concretos como el de Cercs, en Cataluña, que sepan las protestas que ha habido,
qué argumentos se han esgrimido, cuáles han sido las repercusiones judiciales.
Si en la clase de sociales se habla de la ganadería, que se explique, como si
se estuviera en la clase de naturales, el ciclo del nitrógeno y la
contaminación del agua por nitratos. A veces, es en las clases de tecnología
donde se rompen las barreras y se está más cerca de la educación ambiental: eso
está bien.
Estas barreras deberían derrumbarse también en las clases de
historia, ya que ésta no es una disciplina únicamente de letras y de ciencias
sociales: el universo, la evolución biológica y la geología también son
historia y, además, la historia de los humanos no se puede comprender sin
hablar de evolución biológica, de energía, de enfermedades, de bacterias o de
virus. Las ciencias también tienen historia: por ejemplo, hasta aproximadamente
1840 no había una teoría de la energía y es muy interesante explicar porqué y
dónde nació, porqué los joules se llaman joules y los watts, watts.
Si se
habla en el aula del ciclo del agua, de su evaporación por la energía solar, de
la precipitación, de los ríos, que se expliquen también los procesos actuales
de desalinización del agua, el coste económico y energético por metro cúbico,
porqué se habla de trasvases entre cuencas hidrográficas (por ejemplo, porqué
se habla del trasvase de agua del Ebro o del Ródano) y porqué hay gente que se
opone. El agua es un tema de ciencias sociales y de ciencias naturales, así
como los bosques, las playas, las rieras mediterráneas, los coches y también
las motos. Que no les enseñen a decir: «a mí me gustan las sociales más que las
naturales», o al revés, ya que de este modo estaremos formando analfabetos
ambientales.
Hay que realizar una educación ambiental más desde las ciencias
(naturales, sociales, humanidades) que desde los valores. Ésta es mi opinión.
Si lo hacemos así y de forma intensa y continua, si cada día impartimos
educación ambiental transdisciplinaria, conseguiremos, a la vez, un efecto muy
positivo en la motivación de niños y adolescentes por aprender, porque verán
que casi todo encaja, que es difícil coger manía a alguna disciplina.
Joan
Martínez Alier es catedrático de
Economía Ecológica y coordinador del Programa de Doctorado en Ciencias
Ambientales de la UAB.
[Con este artículo se inicia en Ecotropía una nueva línea en la que
artículos de opinión relacionados con las ciencias ambientales se
intercalarán con los
habituales artículos de fondo.]
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