Rubes Editorial
Centre d'Estudis Ambientals (UAB)

Portada | Temas | Archivo | Glosario | Buscar | Navegador | Medios | Suscripción | Créditos |

En portada Archivo  

La educación ambiental, entre los valores y las ciencias

Joan Martínez Alier 4/09/03

Ecotropía (Barcelona). Hay especialistas que explican en las escuelas cómo debería hacerse la educación en temas ambientales. Frecuentemente, insisten en los valores, es decir, en cómo hacer ver y creer a los chicos y chicas que todos los seres vivos tienen derecho a ser respetados, que hemos de pensar en las generaciones futuras, que es necesaria una ética ambiental basada en la conciencia de que el planeta Tierra tiene dimensiones limitadas, que la población humana ya ha crecido mucho, que con arrogancia hemos hecho desaparecer especies que existían antes que nosotros.

Las materias primas y la energía de los combustibles fósiles son limitados, los importamos de muy lejos con costes ambientales y sociales enormes y, en consecuencia, es correcto intentar gastar menos y, si es posible, reciclar más. Todos estos argumentos son buenas ideas, valores sociales verdes o ecologistas que son atractivos para muchos jóvenes. Otros o, según como, los mismos, pero otro día y a otra hora, piensan que si no hay para todo el mundo, al menos que haya para ellos, que los coches y las motos cuanto más grandes mejor, que no hay que pensar en las generaciones futuras porque quizás el mundo se acaba antes, como consecuencia de una guerra nuclear, que los animales y las plantas y los microorganismos están en la Tierra para servir a los humanos, para ser nuestros esclavos.

¿Quién puede decir que estos «otros» valores (anti-ambientales) no están presentes en nuestra sociedad y por lo tanto en las escuelas? ¿Acaso los políticos no predican continuamente las virtudes del crecimiento económico? Es habitual que todo el mundo sonría con la frase atribuida a Groucho Marx «¿Por qué hay que preocuparse de la posteridad si la posteridad no ha hecho nada por mí?». ¿No es común, por ejemplo, que en los pueblos del litoral catalán haya acuerdo general entre sus habitantes para convertir las rieras en aparcamientos? Los valores verdes, ecologistas, son aún minoritarios. Está muy bien que en la escuela se hable de ellos, pero pienso que la educación ambiental es otra cosa.

Hay métodos de enseñanza que perjudican la comprensión de los temas ambientales. Son especialmente perjudiciales aquéllos que presentan los problemas del medio ambiente divididos entre los enfoques de las ciencias sociales y los de las ciencias naturales. Los temas ambientales tienen una enorme virtud didáctica: permiten romper esta tradicional división. En la educación ambiental esta visión transversal no debería ser motivo de una o dos sesiones extraordinarias durante el curso sino que debería ser el pan nuestro de cada día, incluso de forma que la profesora o profesor de sociales, junto con el profesor o profesora de naturales y con los de historia dieran la clase conjuntamente.

Por ejemplo, la fotosíntesis se explica a los alumnos entre los diez y los doce años de edad. Durante la primavera es bonito ver sus resultados, cómo crecen las plantas capturando el dióxido de carbono presente en la atmósfera y liberando oxígeno. Como ya hace unos doscientos años que empezó a explicarse este proceso, todos nosotros hemos oído y leído frecuentemente sobre él. Sería importante que en la misma clase en la que se explica la fotosíntesis se explicara también el tema del descubrimiento de la agricultura en diversas zonas del mundo hace siete u ocho mil años, precisamente para aprovechar la fotosíntesis para la nutrición humana y que, a la vez, se explicaran las religiones solares de algunos pueblos. En la clase del día siguiente, al repasar la fotosíntesis, explicaríamos también que actualmente estamos vertiendo tanto dióxido de carbono a la atmósfera que provocamos el aumento del efecto invernadero: las plantas y los océanos no pueden capturar tanto carbono! De ahí pasaríamos a explicar la política internacional del petróleo (y la guerra de Iraq) y el protocolo de Kioto que Estados Unidos no quiere firmar. Todos son temas relacionados con el dióxido de carbono. La mezcla adecuada de los aspectos sociales con los naturales estimula el aprendizaje: la educación ambiental no es solamente un tema de valores sociales, es especialmente un tema de enseñanza transdisciplinaria.

El día que toca explicar las unidades de energía (las calorías, los joules, los kilowatts/hora), conviene hablar de las centrales nucleares, que son polémicas, de los aerogeneradores que se están instalando en muchos sitios, qué potencia tienen, cuántos joules, cuantas calorías, cuantos kilowatts por hora darán. Y si se habla del ácido sulfúrico, que la clase de química se convierta en una clase de sociales, que trate de la producción (involuntaria) de dióxido de azufre en las centrales termoeléctricas y en las fundiciones de metal, que se explique la lluvia ácida, que se miren casos concretos como el de Cercs, en Cataluña, que sepan las protestas que ha habido, qué argumentos se han esgrimido, cuáles han sido las repercusiones judiciales. Si en la clase de sociales se habla de la ganadería, que se explique, como si se estuviera en la clase de naturales, el ciclo del nitrógeno y la contaminación del agua por nitratos. A veces, es en las clases de tecnología donde se rompen las barreras y se está más cerca de la educación ambiental: eso está bien.

Estas barreras deberían derrumbarse también en las clases de historia, ya que ésta no es una disciplina únicamente de letras y de ciencias sociales: el universo, la evolución biológica y la geología también son historia y, además, la historia de los humanos no se puede comprender sin hablar de evolución biológica, de energía, de enfermedades, de bacterias o de virus. Las ciencias también tienen historia: por ejemplo, hasta aproximadamente 1840 no había una teoría de la energía y es muy interesante explicar porqué y dónde nació, porqué los joules se llaman joules y los watts, watts.

Si se habla en el aula del ciclo del agua, de su evaporación por la energía solar, de la precipitación, de los ríos, que se expliquen también los procesos actuales de desalinización del agua, el coste económico y energético por metro cúbico, porqué se habla de trasvases entre cuencas hidrográficas (por ejemplo, porqué se habla del trasvase de agua del Ebro o del Ródano) y porqué hay gente que se opone. El agua es un tema de ciencias sociales y de ciencias naturales, así como los bosques, las playas, las rieras mediterráneas, los coches y también las motos. Que no les enseñen a decir: «a mí me gustan las sociales más que las naturales», o al revés, ya que de este modo estaremos formando analfabetos ambientales.

Hay que realizar una educación ambiental más desde las ciencias (naturales, sociales, humanidades) que desde los valores. Ésta es mi opinión. Si lo hacemos así y de forma intensa y continua, si cada día impartimos educación ambiental transdisciplinaria, conseguiremos, a la vez, un efecto muy positivo en la motivación de niños y adolescentes por aprender, porque verán que casi todo encaja, que es difícil coger manía a alguna disciplina.

Joan Martínez Alier es catedrático de Economía Ecológica y coordinador del Programa de Doctorado en Ciencias Ambientales de la UAB.

[Con este artículo se inicia en Ecotropía una nueva línea en la que artículos de opinión relacionados con las ciencias ambientales se intercalarán con los habituales artículos de fondo.]


Portada | Temas | Archivo | Glosario | Buscar | Navegador | Medios | Suscripción | Créditos |

(C) ECOTROPÍA es una publicación de RUBES EDITORIAL y del ICTA (UAB)