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El resurgir de la climatología aplicada
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Josep Enric Llebot *
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5/02/04
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Ecotropía
(Barcelona).
Difícilmente, un joven investigador
de mediados del siglo XX elegía un trabajo de tesis en el ámbito de la
climatología física ya que era una disciplina considerada menor entre los
expertos de ciencias de la tierra. El desarrollo de los primeros modelos de
predicción meteorológica abrió un nuevo campo de trabajo para los físicos
atmosféricos, especialmente a partir del año 1975, cuando Manabe y Wetherald
publicaron su clásico estudio en el que, por primera vez, usaban un modelo de
circulación general para determinar los efectos del continuo aumento del
dióxido de carbono atmosférico. Poco antes, E.N. Lorentz había abierto un tema
completamente nuevo para la ciencia del siglo XX al considerar la sensibilidad
de la evolución de los sistemas en las condiciones iniciales y la
impredictibilidad que su desconocimiento induce.
En este contexto, el problema ambiental del continuo y creciente vertido a
la atmósfera de los gases causantes del efecto invernadero necesita
herramientas predictivas que ayuden a conocer cuáles serán los impactos y qué
posibles soluciones pueden acometerse. Así pues, por un lado, el estudio de las
consecuencias de las limitaciones en la predictibilidad del clima del futuro y,
por el otro, el desarrollo de herramientas de predicción cada vez más potentes
y eficientes ha caracterizado el último cuarto del siglo XX, que ha resultado
en la estructuración de importantes grupos de investigación repartidos por todo
el mundo.
¿Dónde ha quedado el trabajo de los climatólogos clásicos frente a esta
profusión de «nueva ciencia»? Por paradójico que nos pueda parecer a comienzos
del siglo XXI, la climatología aplicada se ha convertido en una ciencia de gran
actualidad y, sobre todo, imprescindible, especialmente por lo que se refiere a
aplicaciones relacionadas con nuevas alterativas energéticas al uso de los
combustibles fósiles. Las amenazas ambientales que se fundamentan en la
producción de energía a partir de combustibles fósiles o que utilizan la fisión
nuclear han derivado en un considerable esfuerzo en investigación y en el
desarrollo de instalaciones de energías renovables como las instalaciones
eólicas, solares o hidroeléctricas.
En efecto, los estudios del potencial regional del viento para instalar
parques eólicos forman parte de numerosos estudios de climatología aplicada
actuales. Pero no sólo esto, la importancia de la topografía y otros efectos
específicos de la ubicación concreta de un parque eólico y la falta, por otra
parte normal, de series de datos fiables y extensas en el tiempo, cercanas a la
localización de un parque han lanzado una especialización emergente en modelización
computerizada del campo de vientos a partir de los resultados de modelos de
menor resolución. Es el proceso denominado de «regionalización» o «downscaling»
que, mediante diferentes técnicas, pretende conseguir predicciones fiables del
campo de viento con una resolución de malla de 1x1 km.
El uso de la radiación solar se ha desarrollado también enormemente. Pero
para todas las instalaciones, sean del tipo que sean, se necesita un
conocimiento adecuado de la intensidad de radiación que se recibe; es decir,
del comportamiento meteorológico local (nubosidad, profusión de nieblas, etc.).
Además, para identificar la localización idónea y algunas características de
las instalaciones de centrales de producción de energía solar se desarrollan
detallados estudios de climatología regional. Especialmente relevantes han
sido, en los últimos años, los estudios realizados en Suiza, donde se ha
considerado con especial detalle la contribución de la reflexión del sol en la
nieve como elemento muy importante para la determinación del rendimiento global
de una instalación que compite, figuradamente, con la utilización de colectores
de radiación que siguen mecánicamente el curso del astro en el cielo.
Hay muchos países que tienen ya muy desarrollada la explotación de su energía
hidroeléctrica. Sin embargo, en los estudios prospectivos de nuevas ubicaciones
de instalaciones sigue persiguiéndose el conocimiento de la evolución de los
regímenes de lluvia y nieve, la persistencia de las sequías, así como la
incidencia de episodios meteorológicos extremos. Además, en este caso son
especialmente interesantes las evaluaciones de los cambios que se producirán en
la variabilidad y en el régimen pluviométrico como consecuencia de los cambios
en la composición atmosférica debido al uso de los combustibles fósiles.
En este mismo orden de interés pero con una doble vertiente, los estudios
de climatología urbana han crecido mucho durante los últimos años. El efecto
isla de calor no siempre es el mismo; depende de las condiciones meteorológicas
y, a su vez, las ciudades influencian la meteorología de la zona próxima. Los
datos que utilizan los investigadores en cambio climático suelen descontar el
efecto isla de calor, pero parece demostrado que este efecto se ha
minusvalorado. Además, los urbanistas deben considerar adecuadamente la
información de los climatólogos al diseñar las calles y barrios de una
determinada ciudad. La posición y altura de las calles, los denominados
«cañones urbanos», condicionan el comportamiento climático de los edificios que
los forman, lo cual incide, entre otras cosas, sobre las instalaciones que los
edificios han de incorporar (calefacción y aire acondicionado).
Parece pues, que una disciplina que hace poco más de cincuenta años se daba
por acabada ha renacido, se enfronta con retos interesantes y aporta
conocimiento a la ciencia del siglo XXI.
Josep Enric Llebot es catedrático de
física de la Universidad Autónoma de Barcelona, especialista reconocido
internacionalmente en termodinámica de procesos irreversibles y en el estudio y
construcción de modelos climáticos de baja resolución.
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