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Las ciencias ambientales: ¿multidisciplinarias o
interdisciplinarias?
Ecotropía
(Barcelona).
El tema de este artículo se centra en la gran variedad de concepciones que hay
sobre la esencia de las ciencias ambientales: cómo son hoy, y cómo deberían ser
idealmente.
¿Qué son las ciencias ambientales? Se podrían definir las ciencias ambientales
simplemente como la totalidad de la
producción de conocimientos académicos con el objetivo de informar sobre nuestras
actuaciones hacia los problemas
ambientales. La naturaleza de estos problemas se ha discutido a menudo,
pero en esta exposición tan sólo será necesario que supongamos su existencia.
Los jóvenes investigadores debemos tener en cuenta que los problemas
ambientales son reconocidos como tales desde hace poco tiempo. El libro de
Rachel Carson1 se consideraba el iniciador de la “era
ambiental” aunque existen algunos precursores. Por tanto, no debe coger a nadie
por sorpresa el hecho de que todavía no haya ningún consenso sobre el carácter
de las ciencias ambientales. Las discusiones aparecen, sobre todo, en lo que se
refiere a las relaciones entre la ciencia ambiental y las distintas disciplinas
tanto de las ciencias naturales como de las ciencias sociales.
En este pequeño ejercicio de reflexión quisiera discutir acerca de dos
concepciones de dichas relaciones: a) la multidisciplinariedad, es decir, la inclusión
de distintas disciplinas, y b) la interdisciplinariedad (O’Riordan
1995)2,
cuya esencia es la verdadera colaboración entre los científicos de las
diferentes disciplinas. Al final, veremos que esta reflexión también puede
motivar visiones más innovadoras, como la “ciencia posnormal”.
La ciencia ambiental como una ciencia
multidisciplinaria
Algunos problemas ambientales pueden ser tan simples que una única
disciplina sea suficiente para resolverlos. Por ejemplo, si hay un caso de
contaminación atmosférica en un punto determinado, los ingenieros químicos
pueden medir la contaminación, descubrir sus fuentes y proponer las medidas
necesarias.
Sin embargo, a menudo hay preguntas importantes que los químicos no saben
resolver: ¿se acumulan sustancias en la vegetación o en los animales por culpa
de la contaminación? ¿Cómo los afectan? ¿Hay daños o riesgos sanitarios? ¿Cómo
pudo ocurrir y quién tiene la responsabilidad? ¿Cómo reaccionará la población
afectada? Todas estas preguntas nos muestran que este tipo de problemas tienen
que estudiarse desde varias disciplinas como las ciencias naturales, las
ciencias sociales, la medicina, el derecho, etc.
Podríamos diseñar el estudio de nuestro caso como un gran proyecto dividido
en pequeñas partes: un subproyecto botánico, uno zoológico, uno de medicina,
uno de derecho etc. Y delegar cada parte al departamento apropiado: los
botánicos estudiarían los aspectos botánicos, los zoólogos se ocuparían de los
efectos sobre los animales, etc; todo con los métodos correctos de la
disciplina respectiva, la “ciencia normal” en palabras de Kuhn (1970)3.
Este ejemplo sirve para explicar el concepto de multidisciplinariedad.
Siendo un poco severo con esta forma de
trabajar, podría decir que la multidisciplinariedad se reconoce en los informes
finales en los que cada aspecto del problema tiene su propio capítulo, pero con
poca integración entre los diferentes aspectos y perspectivas científicas.
La interdisciplinariedad es la apertura de discursos metodológicos
Es posible que nuestro proyecto multidisciplinario sea suficiente para
resolver el problema que nos hemos imaginado. Seguramente, en muchos casos será
mejor que un trabajo unidisciplinario.
No obstante, cuando hay una colaboración entre científicos de disciplinas
muy diferentes, se crea una cantidad enorme de conocimientos, de los que el
individuo puede aprender muchas cosas interesantes. La pregunta es si estos
conocimientos serán también útiles para atacar al problema ambiental. Creo que
sí, y en este sentido podríamos definir la interdisciplinariedad
como una colaboración en que científicos de una disciplina participan y
contribuyen en deliberaciones metodológicas de otras disciplinas. Para dibujar
una situación muy concreta: en un trabajo interdisciplinario, los sociólogos,
los botánicos y los zoólogos se meten mutua y continuamente en los asuntos de
los otros, a la vez que crean un ambiente de compañerismo en que el sociólogo
puede hacer “preguntas ignorantes” al zoólogo, y viceversa.
¿Para qué sirve la interdisciplinariedad?
Por un lado, la interdisciplinariedad genera progresos metodológicos como
consecuencia directa del aprendizaje mutuo entre los colaboradores. En
particular, la interdisciplinariedad me parece importante como una fuente de reflexividad, es decir, una
fuente de atención y reflexión de los supuestos metodológicos en que las
investigaciones se fundamentan, sobre todo de los elementos contextuales de los
supuestos.
Si volvemos al caso de la contaminación atmosférica y nos centramos en cómo
monitorizarla, podríamos preguntarnos, por lo que respecta a las mediciones
químicas, ¿dónde mediremos? Obviamente, los químicos tienen que tomar
decisiones difíciles. Los monitores químicos no son baratos y se deben realizar
las mediciones más relevantes. Pero, ¿relevantes para quién? ¿Para las personas
adultas, 170 cm sobre el suelo? ¿Para los niños, 100 cm sobre el suelo? ¿Para
los bebés en sus cochecitos? Si la contaminación está producida por cenizas,
por ejemplo, la concentración de partículas puede variar mucho según la altura.
Y aún más, ¿pondremos los monitores a través del terreno de una manera
cartesiana y “objetiva”, como una cuadrícula, o buscaremos los sitios más
relevantes? ¿Qué sitios frecuenta la gente y cuándo? ¿Dónde juegan los niños?
¿Hay especies animales o plantas que sean susceptibles? Y en tal caso, ¿dónde
están? Para contestar estas preguntas juiciosamente, se necesita tener
conocimiento de la naturaleza y los hábitos de la gente.
Pero aún hay más indicadores de contaminación: las medidas de sabor y olor;
la presencia de unas u otras especies indicadoras ecológicas; la frecuencia de
enfermedades respiratorias en la población local. Las informaciones
epidemiológicas serán muy interesantes y relevantes para nuestra investigación.
Sin embargo, su interpretación depende de condiciones sociales y culturales,
así como de aspectos laborales, de la atención (o ansiedad) a la supuesta
contaminación, etc.
En resumen, en investigaciones aparentemente sencillas, a menudo deben
decidirse aspectos del diseño de la investigación que dependen de suposiciones
sobre las circunstancias y los hechos que pertenecen al ámbito de otras
disciplinas.
Además, las contribuciones de otras disciplinas no sólo son importantes
para buscar el diseño “correcto” de la investigación, sino que pueden
mostrarnos que la idea de un único diseño óptimo es demasiado sencilla. Por
ejemplo, si el sociólogo aplica sus métodos para analizar nuestras mediciones
del aire, podría descubrir relaciones entre nuestra metodología y algunos
intereses sociales o políticos (nuestros o de otros). Si consideramos la
importancia de la colocación de los monitores químicos, vemos que se relaciona
con los intereses (en este caso una consecuencia de la altura) de los hombres,
las mujeres, los niños y los animales que viven en el suelo. Las personas y los
lagartos no inspiran el mismo aire; tampoco los hombres y las mujeres, no sólo
por la diferencia de altura sino también por varios aspectos sociológicos.
Este ejemplo es muy sencillo y quizás no convence a nadie de la gran
importancia de analizar investigaciones científicas desde una perspectiva
sociológica. Otro ejemplo más convincente es el trabajo del sociólogo Brian
Wynne y sus compañeros (Shackley et al. 19984; van der Sluijs et al. 19985), en el que han analizado algunas de las
decisiones metodológicas más importantes de la ciencia del cambio climático.
De un modo parecido, las investigaciones del mundo social tampoco se pueden
realizar sin suposiciones. Aunque el papel y el valor del conocimiento de las
ciencias naturales para las ciencias sociales son muy controvertidos, me parece
evidente que la aportación de pruebas químicas de la presencia de tóxicos en el
aire será información relevante para el diseño de una investigación sociológica
sobre la ansiedad de la población. Sin ningún conocimiento ni contacto con las
ciencias naturales, el científico social se expone al peligro de ser un
instrumento de intereses particulares o simplemente de equivocarse. Sin
embargo, esta es una cuestión difícil (Tàbara 2001)6.
La interdisciplinariedad, definida así, cuesta de asimilar y aplicar. Los
científicos tienen que aprender algo sobre otras disciplinas y, lo que es más
importante, tienen que crear su forma de comunicación a través de las barreras
tradicionales del mundo académico. Por eso, la interdisciplinariedad no sólo
exige conocimientos, sino también ánimo, buena voluntad y, sobre todo, confianza
mutua. En mi opinión, la interdisciplinariedad verdadera todavía es
infrecuente. Debemos introducir esta visión en la gestión de las
investigaciones ambientales, y quizás una visión de la transdisciplinariedad,
en la que los límites tradicionales entre las disciplinas se disuelven en
formas de trabajo nuevas e innovadoras. Puede ser que los nuevos
“ambientólogos”, con una educación que abarca las ciencias naturales y
sociales, sepan cómo mejorar la gestión de las investigaciones ambientales. O
así lo espero.
La normatividad y la ciencia posnormal
Volvamos otra vez a las difíciles decisiones sobre el diseño de nuestras
mediciones del aire. Ya hemos visto que las decisiones dependen de suposiciones
sobre varias circunstancias para hacer mediciones relevantes. Pero cuando
preguntábamos “¿relevantes para quién?” no contestamos, sino que insinuamos que
más conocimiento e interdisciplinariedad podrían ayudarnos a contestar.
Es cierto que los conocimientos ayudan. Sin embargo, el conocimiento por sí
solo no puede darnos la respuesta, ya que la pregunta realmente es una cuestión
normativa. El valor relativo (y por eso, su relevancia para el diseño de la
investigación) de la salud de hombres, mujeres y lagartos, es un asunto
político y ético. En un ejemplo más actual, la importancia de la frecuencia de
enfermedades respiratorias también es un asunto normativo: ¿es válido un caso
de enfermedad que pueda ser causada por la sinergia entre contaminación y
tabaco?
De hecho, la normatividad penetra las ciencias de varias maneras. Por
ejemplo, cuando hacemos mediciones, tenemos que analizarlas. Principalmente
queremos saber si los resultados indican daños, contaminaciones o riesgos
verdaderos, o si las tendencias que vemos son causadas por el azar.
Estadísticamente, la pregunta es si los datos aportan valores “significativos”.
El nivel de confianza que se utiliza normalmente es de un 95%, es decir, se
acepta un riesgo del 5% para llegar a la conclusión falsa de la existencia de un efecto (daño, contaminación) si el
efecto realmente no existe. En tal caso se ha hecho un “error de tipo 1” (error
de primera especie). Este nivel del 95% (5%) es una convención que propuso el
gran estadístico Ronald Fisher hace unos setenta años; más tarde se convirtió
en un símbolo científico. El “error de tipo 2” se define como la conclusión
falsa de la ausencia de efecto cuando realmente existe. De esta manera, una actitud
prudente hacia los errores de tipo 1 (es decir, prudencia para no rechazar
demasiadas hipótesis de nulidad, de no efecto) implica que se ignorarán más
tendencias e indicaciones de un efecto, y por eso, existirá un riesgo elevado
de hacer errores de tipo 2.
Las precauciones están relacionadas con los peligros. Los peligros de tipo
1 son las reclamaciones falsas de un efecto (daño, contaminación) y las
imposiciones ilegítimas e innecesarias de indemnización dirigidas hacia una
fábrica o empresa. Por eso, el riesgo de tipo 1 se llama a veces el “riesgo de los
productores”. El peligro de tipo 2 es que un efecto del medio se ignore. Por
eso, se llama el “riesgo del consumidor”. Fisher, cuando propuso la convención
del 95%, recomendó que se usase con juicio y discreción, sabiendo que la
decisión sobre el nivel de confianza realmente distribuye los riesgos entre las
partes interesadas.
La comprensión de los aspectos normativos de la metodología científica
tiene importantes implicaciones. Creo que la mayor parte de las investigaciones
ambientales evitan este problema ignorándolo o suponiendo que los científicos
pueden decidir legítimamente sobre asuntos políticos o éticos. Pero a algunos
les parece una conducta bastante tecnocrática y antidemocrática. Por eso,
intentan crear alternativas, como la “ciencia posnormal” (Funtowicz & Ravetz 19937, 19948,
20009; Tàbara & Querol 199810), una teoría sobre la producción de conocimientos
bajo normatividad, desacuerdo, incertidumbre y urgencia. De gran importancia en
la ciencia posnormal son la comunicación de la normatividad e incertidumbre y
la participación de los ciudadanos en las decisiones normativas sobre el diseño
de la investigación ambiental, la distribución de los riesgos metodológicos, y
la calidad y relevancia de los hechos. Una pregunta interesante es si la visión
posnormal se puede aplicar dentro de nuestras instituciones actuales, por
ejemplo incorporándola a instrumentos de gran actualidad como la “Agenda 21
local”.
Conclusiones
1. Para tratar los problemas ambientales se necesitan conocimientos de
muchas disciplinas académicas.
2. La multidisciplinariedad, es decir, la colaboración entre disciplinas
sin abertura de los discursos metodológicos, es a veces inadecuada porque los
asuntos de una disciplina pueden ser importantes para el diseño metodológico de
otra disciplina.
3. La interdisciplinariedad verdadera exige un ambiente de compañerismo muy
abierto y lleno de confianza. Exige una visión interdisciplinaria de la gestión
de la investigación ambiental.
4. A veces, el problema ambiental está lleno de normatividad. El discurso
metodológico debe extenderse a los ciudadanos, como se propone en la ciencia
posnormal.
Roger Strand es doctor en
bioquímica. Investigador del Centre
for the Study of the Sciences and the Humanities de la Universidad de Bergen (Noruega) e investigador
invitado del Centre d'Estudis Ambientals
de la Universitat Autònoma de Barcelona
Nota
Agradezco a Mireia Fontcuberta i Famadas y Sílvia Cañellas i Boltà por
sus valiosos comentarios y sugerencias durante la preparación del presente
trabajo.
Referencias
1. R. Carson: Silent spring, Penguin Books,
Londres, 1962.
2. T.
O’Riordan: Environmental Science for Environmental Management,
Longman Group Ltd., Burnt Mill, 1995.
3. TS. Kuhn: The structure of scientific
revolutions, 2 ed., University of Chicago Press, Chicago, 1970.
4. S. Shackley, P. Young, S. Parkinson, B. Wynne:
«Uncertainty, complexity and concepts of good science in climate change
modelling: Are GCMs the best tools?», Climatic Change 1998, 38: 159-205.
5. J. van der Sluijs, J. van Eijndhoven, S. Shackley,
B: «Wynne anchoring devices in science for policy: The case of consensus around
climate sensitivity», Social Studies Of Science, 1998, 28: 291-323.
6. J.D. Tabarra: «La medida de la percepción social del
medio ambiente. Una revisión de las aportaciones realizadas por la
sociológica», Revista Internacional de Sociología 2001, 28:127-71.
7. S. Funtowicz, J.R. Ravetz: «Science for the
post-normal age», Futures, 1993, 25: 739-55.
8. S. Funtowicz, J.R. Ravetz: «The worth of a
songbird - ecological economics as a post-normal science», Ecological
Economics 1994, 10: 197-207.
9. S. Funtowicz, J.R. Ravetz: Ciencia con la gente.
La ciencia posnormal, Icaria, Barcelona, 2000.
10. J.D. Tàbara, C. Querol: «Evaluación integrada del
cambio climático: Experiencias de grupos de discusión en el área metropolitana
de Barcelona», En: Pardo M. (ed.): Sociología y Medio ambiente: Estado de la
Cuestión, Madrid, Fundación Fernando de los Ríos, 1998: 339-356.
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