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Las catástrofes naturales: ¿actos divinos o actos
humanos?
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David Saurí Pujol*
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8/05/03
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Ecotropía
(Barcelona).
El verano del 2002 será recordado en Europa central como uno de los más
fatídicos del último medio siglo por la gravedad de las inundaciones sufridas,
que causaron daños estimados superiores a los 20 000 millones de euros. Un año
antes y en contextos muy diferentes, El Salvador y la India se vieron afectados
por movimientos sísmicos que provocaron miles de víctimas. En el 2000, las
aguas cubrieron gran parte del territorio de Mozambique, uno de los Estados más
pobres del planeta, mientras que en 1999 habría que destacar las inundaciones y
movimientos de ladera en Venezuela (alrededor de 50 000 muertos) y los seísmos
de Izmit, en Turquía (unos 20 000 muertos).
Este breve repaso de las calamidades naturales más recientes
refleja cómo fenómenos como las inundaciones, las tempestades tropicales, los
movimientos sísmicos o las sequías constituyen un aspecto relativamente
corriente en las relaciones entre sociedades humanas y su entorno natural a lo
largo de la historia. Sin embargo, la frecuencia de los fenómenos naturales de
carácter extremo parece haber aumentado durante las últimas décadas. Según los
datos de Swiss Re, una de las
aseguradoras más importantes del mundo, el número de sucesos extremos se ha
doblado entre las décadas de 1970 y 1990 (de 150 a 300 fenómenos por año, en
promedio, y con un incremento significativo a partir de 1985). Por otra parte,
el número de sucesos climatológicos de riesgo, que causan actualmente el 85% de
las pérdidas totales, se habría multiplicado por 4,3 entre las décadas de 1950
y 1990. Según datos de la Cruz Roja
Internacional, el número de víctimas mortales ha disminuido desde la década
de 1970 (unos dos millones) hasta la década de 1990 (unos 800 000). En cambio,
crece el número de damnificados (de 700 000 a más de 2 millones de personas
durante el mismo período) y aumentan también las pérdidas económicas, que se
habrían multiplicado por más de siete desde la década de 1950 y que en el
último decenio se situarían por encima de los 70 000 millones de dólares
anuales.
Las tendencias anteriores parecen obedecer a un complejo
entramado de causas de origen biofísico y origen humano y social. Por una
parte, entre la comunidad científica se afianza la hipótesis de un aumento en
la frecuencia de episodios climáticos de carácter extremo que se asocia al calentamiento
global inducido por las actividades humanas. Sin embargo, por otra parte, se
argumenta que la causa principal del número de impactos crecientes de los
fenómenos extremos de la naturaleza es la multiplicación de la población y
actividades humanas en áreas consideradas como peligrosas.
En 1990, las Naciones
Unidas proclamaron al decenio que entonces comenzaba como la «Década para
la Reducción de las Catástrofes Naturales». El objetivo del programa que prepararon
era lograr una reducción significativa de los impactos ocasionados por estos
fenómenos para el horizonte del nuevo milenio. Un somero análisis retrospectivo
de los resultados permite concluir que, en términos de vidas humanas, este
objetivo se ha logrado parcialmente, sobre todo a partir del desarrollo de
tecnologías de predicción de fenómenos como huracanes y la adopción de medidas
de emergencia como la construcción de refugios en lugares elevados. Sin
embargo, no se ha podido detener el aumento de damnificados ni el de pérdidas
económicas. En este sentido, puede hablarse de un incremento de la
vulnerabilidad humana en su triple vertiente de exposición al riesgo,
precariedad en las condiciones de la vida cotidiana por parte de las
poblaciones expuestas y ausencia de medidas de gestión adecuadas. En este
último caso, la gestión de los riesgos naturales se ha inclinado más por aquellas
medidas que intentan modificar el espacio biofísico (por ejemplo, obras hidráulicas de control de
inundaciones) que por las medidas que intenten modificar el comportamiento
humano en relación al fenómeno (por ejemplo, regulación de las actividades en
las áreas peligrosas). Esta estrategia debería revisarse en profundidad ya que
el control tecnológico de los fenómenos naturales nunca garantiza el «riesgo
cero» y, además, contribuye a generar una falsa sensación de seguridad que
puede incrementar todavía más las pérdidas futuras.
Puesto que la eliminación de los riesgos naturales
constituye un objetivo imposible de conseguir en la práctica, las sociedades
humanas han de optar por acciones que ayuden a prevenir sus impactos y a
recuperarse lo más rápidamente posible de sus consecuencias. Las tendencias recientes en la investigación de los riesgos
naturales abundan precisamente en este aspecto. Por una parte, se trata de
seguir avanzando en la comprensión de la naturaleza física de estos fenómenos a
fin de desarrollar mejor la capacidad de predicción (fundamental para una mayor
efectividad de las medidas de emergencia). Por otra parte, existe una gran
necesidad de conocer mejor las actitudes y comportamientos humanos y sociales
en relación a los riesgos. El análisis de la vulnerabilidad como punto de
encuentro entre fenómeno geofísico o climático y sociedades humanas se ha
erigido como una de las principales líneas de investigación en programas
internacionales de estudio del cambio global y de sus repercusiones, como el «Human Dimensions
Programme» de la UNESCO.
En muchos lugares del mundo esto implica mejorar, por encima
de todo, las condiciones de la vida cotidiana (pobreza, marginación política y
social, desestructuración de mecanismos colectivos de gestión de los riesgos,
etc.) que inciden en un aumento de la vulnerabilidad individual y social. Esto permitiría afrontar con mayores garantías la experiencia humana con fenómenos
naturales que, en ciertos casos (las inundaciones, por ejemplo), podrían dejar
de ser valorados como «riesgos» y pasar a convertirse en «recursos» para la
sociedad y el medio ambiente.
David Saurí Pujol es
doctor en Geografía y profesor titular del Departamento de Geografía de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB).
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