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Estrategias y retos en el estudio del clima: modelos y paleoclimas

Antoni Rosell Melé 10/10/02

Ecotropía (Barcelona). El estudio del clima, o más bien la comprensión de lo que es el sistema climático, es uno de los grandes retos a los que la comunidad científica se enfrenta actualmente. En efecto, podemos describir el clima actual, pero no sabemos como éste ha evolucionado hasta la situación presente desde que se formó la Tierra, y por lo tanto, es extremadamente difícil predecir hacia donde nos encaminamos de aquí a unos años. Por ejemplo, ¿por qué hoy en día en Escandinavia hay un clima relativamente benigno y los humanos tienen un alto nivel de bienestar, mientras que en latitudes parecidas pero al otro lado del Atlántico, en el norte de Canadá, las condiciones son mucho más frías y austeras? ¿Porqué hace unos 21 000 años (durante los períodos glaciares) había casquetes de hielo de varios kilómetros de altura en Norte América y Escandinavia? O, ¿cómo es que todas estas masas de hielo han desaparecido casi en su totalidad, pero no en Groenlandia?

Para obtener respuestas convincentes a estas y otras cuestiones, el estudio de la Tierra y su clima no se puede abordar si no se trasciende la división tradicional de las ciencias naturales en disciplinas compartimentalizadas, de acuerdo con las cuales se han formado casi la totalidad de los científicos actuales. He aquí uno de los principales retos, y la dificultad que implica hacer ciencia interdisciplinar y aprender a combinar conocimientos y metodologías de todas las áreas, desde la astronomía a la biología, y todo ello aliñado con estudios de campo y modelos matemáticos. Así, el estado del clima en cualquier momento de la historia de la Tierra depende de la interacción de elementos externos al planeta (por ejemplo, radiación del Sol, órbita de la Tierra alrededor del Sol, meteoritos) e internos (por ejemplo, composición y dinámica de la atmósfera, biosfera, océanos, erupciones volcánicas). Más recientemente los humanos nos hemos añadido al sistema como otro elemento del estado del clima, como mínimo potencialmente influyente debido a las modificaciones que causamos en la composición natural de la atmósfera y de la cubierta terrestre. Todos los elementos interaccionan entre si en diferentes escalas de tiempo (de décadas a millones de años)  y espacio (de escalas locales a globales) de forma compleja, a menudo no linealmente sino a «saltos». Como consecuencia, la única manera en que se pueden entender en su totalidad la mecánica de lo que actualmente se denomina el sistema Tierra es a través de su modelización matemática usando superordenadores. El sistema es demasiado complejo para entenderlo sin ellos.

Aunque hay personas que dicen que pueden ver el futuro, la única manera científica para predecir el clima es usando modelos matemáticos. Estos son imperfectos, ya que tienen que representar un sistema, el funcionamiento del cual no se entiende completamente, como por ejemplo el papel preciso que juega la biosfera en el ciclo del carbono. Tampoco se sabe como modelar ciertos elementos clave, como las nubes, que juegan un papel muy importante en el ciclo hidrológico y en el intercambio de energía del planeta con el espacio. Tampoco hay aún ordenadores suficientemente potentes que puedan representar de forma realista todo el sistema, lo que obliga a hacer simplificaciones, como por ejemplo, dividir la Tierra en cuadrículas de 1 grado de longitud y latitud e ignorar detalles más pequeños con lo que se pierde información de escala menor, regional. Todo ello conlleva que los modelos sean forzosamente imperfectos por diseño, por lo cual su capacidad de predicción puede quedar en entredicho. Además, cada investigador usará sus propias estrategias para modelar, lo que también conlleva que diferentes modelos den predicciones u ofrezcan escenarios diferentes aunque partan de unas mismas premisas. Pero, como no hay predicción posible sin modelos, los necesitamos, como también necesitamos saber su validez. De este modo una de las áreas claves de investigación es la validación de los modelos climáticos. Una de las estrategias preferidas de validación es la de contrastar la capacidad de un modelo climático para reconstruir el clima de la Tierra en el pasado, especialmente durante el último máximo glacial, hace entre 19 000 y 23 000 años. En este período, el nivel del mar era unos 120 metros más bajo que el actual, debido a la enorme cantidad de agua atrapada en los gigantescos casquetes glaciares. La concentración atmosférica de gases de efecto invernadero era muy inferior a la actual, más de un 50% menos. Se considera que si un modelo puede representar de manera realista el clima del período glacial, cuando las condiciones del sistema climático eran muy diferentes a las presentes, es entonces suficientemente robusto para representar condiciones futuras, cuando particularmente las concentraciones de gases de efecto invernadero también serán muy diferentes a las actuales. Así, la reconstrucción de climas pasados, es decir los estudios paleoclimáticos, es otra área prioritaria de investigación.

La reconstrucción paleoclimática también plantea retos considerables. Más allá de los últimos 150 años no hay registros climáticos instrumentales y cualquier reconstrucción está basada en métodos aproximativos que ofrecen una estimación de variables climáticas. Ello hace que las reconstrucciones cuantitativas sean extremadamente difíciles y a menudo con errores de magnitud incierta. Por ejemplo, una de las maneras más fiables de reconstruir la temperatura del mar es mediante el índice UK/37 que consiste en el análisis en sedimentos marinos de unos compuestos orgánicos producidos por algas unicelulares fotosintéticas que viven en la zona fótica del mar. La dificultad en el uso de este índice radica en que no se sabe con certeza a qué profundidad de la superficie del mar o estación corresponden las estimaciones de temperatura, ya que aparte de haber mucha variabilidad interanual, la zona fótica tiene diferente profundidad en diferentes latitudes. Además, como los métodos de reconstrucción paleoclimática se han establecido mediante el estudio de ambientes modernos, es difícil establecer cuál es su validez en tiempos pasados. Esto es así, ya sea porque se dan con frecuencia cambios ambientales que dan lugar a entornos que no son análogos a los actuales, o por las transformaciones de las señales al acumularse en registros geológicos.

De todos modos, a parte de la validación de modelos, el uso de la paleoclimatologia ha permitido hacer grandes avances en nuestra comprensión del sistema climático. Por ejemplo, no hay ninguna duda de que estamos instalados en el cambio. Los registros del pasado nos muestran que tanto la temperatura del mar, como la vegetación, la composición de la atmósfera o las corrientes oceánicas cambian de manera periódica en ciclos de decenas de miles, centenares o décadas de años. Cambios de gran magnitud se pueden dar de forma gradual sobre períodos evolutivos de las especies o de manera «abrupta» en períodos de duración inferior a una generación humana. Estudiando la relación a través del tiempo entre variables que caracterizan el clima directamente (p.ej. la temperatura), o indirectamente (p.ej., la presencia de hielo en el continente depende en parte de la temperatura, pero también de variables como la precipitación), con factores de cambio, como la composición de la atmósfera (p.ej. el dióxido de carbono o CO2) se han establecido relaciones causa-efecto entre variables y procesos. Así, los testigos de hielo de Groenlandia y la Antártida muestran de forma concluyente como las concentraciones de los gases de efecto invernadero han variado de forma paralela a los ciclos glaciares/interglaciares durante, como mínimo, los últimos 400 000 años.

El estudio del pasado también ayuda a dar una cierta perspectiva de la situación actual y futura. Por ejemplo, ha habido épocas en que la temperatura media de la Tierra ha sido probablemente más cálida que hoy en día, y las concentraciones de dióxido de carbono más altas. Pero bien es cierto que las concentraciones de dióxido de carbono atmosférico actualmente son las más altas de los últimos 400 000 años y probablemente de varios millones de años atrás. La concentración de dióxido de carbono actual es de 365 ppm, mientras que los máximos de los últimos tres interglaciales no han sobrepasado las 300 ppm, aunque normalmente los valores alcanzados en épocas análogas a la actual son de cerca 280 ppm, lo mismo que las concentraciones preindustriales. Al ritmo actual de crecimiento del contenido de dióxido de carbono en la atmósfera, dentro de pocos años el crecimiento de este gas, desde el siglo XIX, habrá ultrapasado el incremento que se observa entre épocas glaciales (200ppm) e interglaciales (280ppm). Actualmente, estamos y nos dirigimos hacia una situación con un efecto invernadero muy fuerte, quizás análoga al período de transición ente el Paleoceno y Eoceno, hace unos 57 millones de años.

Pero posiblemente el tema más preocupante es que estudios paleoclimáticos y modelos muestran como el sistema climático puede oscilar entre modos estables de funcionamiento de una manera abrupta. Así, se teme que el actual incremento de dióxido de carbono atmosférico, más que llevar a un incremento gradual y proporcional de las temperaturas medias del planeta, puede causar un cambio brusco en el funcionamiento de alguna de las partes del sistema, como por ejemplo la circulación oceánica o el ciclo hidrológico. El problema se encontraría en nuestra limitada capacidad de anticipar cómo este cambio se traducirá en cambios en el régimen de temperaturas o hídrico a escala local en diversas partes del planeta. Además, el hecho de que pueden ser cambios muy rápidos reduce nuestra capacidad de adaptación a un nuevo entorno.

En definitiva, avances en el estudio del clima se están consiguiendo a base de combinar varios tipos de estudios complementarios. Por un lado el desarrollo de modelos climáticos con capacidad predictiva o de exploración de futuros escenarios climáticos. Por otro, los estudios paleoclimáticos que permiten tanto validar los modelos como explorar la dinámica real del sistema climático y vislumbrar el peso relativo de sus componentes. No obstante, todo ello tiene que estar basado en un conocimiento detallado del presente, que entre otras cosas permite comprender las múltiples interacciones entre las muchas piezas del sistema Tierra, desarrollar métodos de paleo-reconstrucción, y especialmente valorar el papel que los humanos jugamos en el sistema como un elemento más de cambio ambiental.

Antoni Rosell Melé es profesor de Investigación de la ICREA (Institución Catalana de Investigación y Estudios Avanzados) en el Instituto de Ciencia y Tecnología Ambiental de la Universidad Autónoma de Barcelona.

Más información en la red
NOAA Paleoclimatology program: http://www.ngdc.noaa.gov/paleo/
PAGES: Past Global Changes: http://www.pages-igbp.org/
Paleoclimate Modelling Intercomparison Project: http://www-lsce.cea.fr/pmip/
United Nations Environment Programme: http://www.grida.no/climate/vital/
http://climatechange.unep.net/
http://www.grida.no/climate/ipcc_tar/wg1/index.htm


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