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Sostenibilidad urbana y patrimonio cultural: un enfoque multidimensional

Giuseppe Munda 9/10/03

Ecotropía (Barcelona). El desarrollo sostenible tiene, claramente, una dimensión global. Sin embargo, cada vez más, se reconocen las interacciones entre los procesos locales y globales. En particular, las ciudades son sistemas abiertos que impactan en todas las otras áreas y en la tierra en conjunto. Se ha realizado mucho trabajo sobre esta problemática (como la Agenda 21), extendiendo la experiencia adquirida en algunas ciudades bajo el programa UNESCO MAB. En el contexto europeo, por ejemplo, varios países se están enfrentando con una fase de reestructuración y transición dramática. Pero el objetivo de hacer Europa más competitiva en los aspectos económicos puede tener consecuencias negativas, tanto sociales como medioambientales (Cocossis y Nijkamp, 1995; Comisión Europea, 1996).

¿Porqué proponer una metodología multidimensional cuando podría haber un único índice físico para valorar si el impacto humano en el ambiente es excesivo? Por ejemplo, a través del concepto de capacidad de carga, tal y como se define en ecología, es decir, la población máxima de una especie concreta que puede apoyarse indefinidamente en un territorio concreto sin estropear su base de recursos.

Begon et al. (1996) dicen claramente que incluso para los animales, la capacidad de carga es «un concepto idealizado que no tiene que ser tomado literalmente en la práctica». Autores expertos en biología y en el problema del crecimiento de la población, como Paul Ehrlich y sus colaboradores, se han dado cuenta de las limitaciones de la noción de la capacidad de carga aplicada a los humanos. Por esta razón, propusieron la formulación I = PAT dónde I es el impacto humano en el ambiente, P es la población humana, A es el estilo de vida, y T es la tecnología.

La definición de capacidad de carga no es pertinente para los humanos, por varias razones. Primero, hay que considerar la habilidad humana de establecer grandes diferencias en el uso de energía exosomática; así que la pregunta debe ser ¿la población máxima, a qué nivel de consumo? Segundo, las tecnologías humanas cambian a un ritmo mucho más rápido que en otras especies (por ejemplo, el transporte es de suma importancia para determinar el número de personas que pueden disfrutar de una calidad razonable de vida urbana). Tercero, los humanos competimos con otras especies, y dentro de la especie humana, el territorio es socialmente y políticamente construido. El comercio, por ejemplo, puede verse como la apropiación de la capacidad de carga de otros territorios.

El crecimiento urbano implica una tasa de intercambio entre las economías de aglomeración (o externalidades positivas) como las economías de escala y sueldos más altos y externalidades negativas como, por ejemplo, la densidad de la población y el decaimiento medioambiental. Es probable que los problemas de calidad medioambientales sean más severos con el crecimiento de una ciudad; sin embargo, factores como el uso de la tierra, el sistema de transporte y la planificación espacial de una ciudad también son factores críticos para determinar la capacidad de carga urbana. Al tratar con sistemas complejos que operan en varios niveles jerárquicos, la existencia simultánea de valoraciones científicas correctas pero en conflicto entre ellas, tiene que ser aceptada (Giampietro, 1994).

Para dar un ejemplo simple, consideremos el problema de la forma urbana. Comúnmente, se acepta que una ciudad compacta tiene menos impacto medioambiental que una ciudad difusa. Si hay una gran presión de la población, sólo teniendo en cuenta el punto de vista medioambiental, sería mejor tener a las personas en ciudades compactas que alrededor de todo el territorio regional. Pero si estamos usando un índice sintético de impacto medioambiental, por ejemplo, la huella ecológica (Wackernagel y Rees, 1995), éste será ciertamente muy grande para una ciudad compacta y bastante imprevisible en el caso de una ciudad difusa. En este último caso, los cómputos dependerán crucialmente de lo que será considerado una área metropolitana homogénea para ser evaluada (¿por medio de qué criterio de definición?). Si se considera el concepto más general de calidad de vida, probablemente muchas personas defenderían que ellos perciben una mejor calidad de vida viviendo en casas con jardines que en un piso.

Las connotaciones de los sistemas urbanos complejos son entidades que cambian su identidad según la escala espacial jerárquica particular en la que ellos se describen; es decir, el estudio de un barrio dentro de una ciudad, o de la unidad administrativa que constituye un Ayuntamiento, o del área metropolitana dan visiones y sugerencias políticas completamente diferentes y contrastantes. Así, si nosotros consideramos, por ejemplo, la escala jerárquica Ayuntamiento de Barcelona, la afirmación de que la calidad de vida es siempre más alta parece ser correcta (o por lo menos esta percepción es compartida por la mayoría de sus habitantes). Si nosotros miramos el área metropolitana entera, la misma afirmación probablemente no es tan verdadera (visto que, para dar un ejemplo, la mayoría de las actividades contaminantes se ha transferido del centro de la ciudad a la periferia).

Sin embargo, conceptos como la capacidad de carga urbana y la huella ecológica son un ejemplo de reduccionismo ecológico, ya que los aspectos socio-económicos y culturales se ignoran completamente (por ejemplo, transformar el «Colosseo» en una área arbolada, ¡mejoraría la huella ecológica de Roma!).

Ha habido varios intentos de desarrollar sistemas multidimensionales de indicadores de sostenibilidad urbanos (CEROI, ICLEI, y muchos otros), sin embargo, no existe ningún acuerdo unánime sobre un sistema específico. Otro problema importante para las políticas que cabe enfatizar es que a menudo, cuando se considera una ciudad específica, algunos indicadores mejoran mientras otros deterioran. ¿Cómo pueden agregarse tales indicadores? Veremos más adelante, que ésta es la situación de conflicto clásica estudiada en la evaluación multi-criterio.

Instrumentos económicos para las políticas sobre el patrimonio cultural

El desarrollo urbano implica la creación de nuevos recursos por lo que se refiere a las estructuras físicas, sociales y económicas. Al mismo tiempo, como en cualquier proceso de «destrucción creativa», recursos físicos, sociales y culturales tradicionales derivados de nuestra herencia histórica pueden desaparecer. Los monumentos representan parte de la herencia histórica, arquitectónica, y cultural de un país o ciudad, y normalmente no ofrecen una contribución productiva directa a la economía. Los réditos turísticos, estando basados en el valor de uso mostrado en el mercado, pueden reflejar parte del interés de la sociedad en la conservación del monumento y/o su restauración. Sin embargo, en varios casos uno puede observar una situación en que el turismo de gran escala afecta la calidad de una herencia cultural (por ejemplo, Venecia) en lugar de contribuir a su preservación.

Hay que considerar que es imposible hablar sobre el concepto de «valor económico» como un valor objetivo y éticamente neutro. De hecho, la pregunta fundamental es: ¿valor para qué? Si el objetivo es, por ejemplo, limitar el número de visitantes imponiendo el pago de una entrada para reducir la presión turística en Venecia y usar el dinero recaudado para mantener la herencia cultural de la ciudad, razonar en términos del valor de uso tiene mucho sentido.

Sin embargo, hay que considerar que la «escasez relativa» de un peculiar bien económico como Venecia, provoca que los turistas estén dispuestos a pagar el precio de la entrada por alta que sea. Así, el instrumento económico «precio de la entrada» será útil para recaudar dinero pero no para reducir la presión turística. Como consecuencia, la única política efectiva es establecer un número máximo de visitantes permitido por día. Pero hay que notar que una cuota de visitantes sólo puede establecerse en términos pragmáticos y muy difícilmente con computaciones científicas.

Ahora vamos a una pregunta más fundamental: ¿las personas que no visitan Venecia, pueden tener interés en su preservación? Si la respuesta es «sí», el concepto de «valor económico total» se convierte inmediatamente en pertinente. Atribuir valores monetarios a la herencia histórica implica capturar el valor de uso real, de opción (quizás un día iré), de herencia (quizás mis hijos irán) y el valor no conectado a ningún uso presente o futuro de existencia.

Evidentemente, computar el valor económico total no tiene nada que ver con un idealizado «valor verdadero». Toda valoración monetaria sufrirá de incertidumbres profundas como: ¿qué técnica de valoración monetaria tiene que ser usada? ¿Qué horizonte temporal tiene que ser considerado? ¿Qué tasa de descuento social?

Un problema importante aquí es, ¿podemos usar los valores económicos como una herramienta de decisión social para las políticas de herencia cultural? Si la respuesta es «sí», el análisis coste-beneficio (ACB) es el instrumento apropiado. El ACB se basa en la asunción de que pueden expresarse objetivos diferentes en un común denominador por medio de tasas de intercambio, de manera que las pérdidas en uno de los objetivos puede evaluarse respecto a las ganancias en otro. La medición de los costes y beneficios sociales se basa en el «principio de compensación» asociado con los nombres de Hicks y Kaldor.

Por este principio, el costo social de un proyecto se define como la suma de dinero que es adecuado pagar como compensación para restaurar, a su nivel anterior, la utilidad de todas las personas que pierden como resultado del proyecto en cuestión. Este principio es el fundamento del coste-beneficio, el exceso de ganancias con respecto a la compensación requerida es igual a los beneficios netos del proyecto (Munda, 1996).

Al tratar con la herencia cultural, en mi opinión, hablar de substitución y compensación pierde cualquier significado. ¿Qué suma sería adecuado aceptar en compensación por la destrucción de la Estatua de la Libertad o el «Colosseo»? Podríamos argumentar que, de manera semejante a la política medioambiental, la presencia de irreversibilidad y de incertidumbre implica transformar el principio de compensación en el principio de precaución (es más prudente una actitud conservacionista). Este principio implica claramente que la sociedad en su conjunto (y entonces principalmente los no-expertos), fuera del sistema económico, decidiría la cantidad de capital cultural deseada. De hecho, en la historia humana ninguna sociedad ha tenido en cuenta la eficiencia económica al construir, por ejemplo, una catedral. Esto es hoy día bastante evidente en Barcelona con la Sagrada Familia. Aunque la mayoría de los «expertos» está de acuerdo en que no debe completarse, la sociedad (es decir los no-expertos) siente un fuerte compromiso con su construcción, quizás porque hay una percepción compartida de su valor simbólico por lo que se refiere a la identificación catalana.

Des de un punto de vista económico, el único instrumento útil en este contexto es el coste-efectividad: dado un cierto objetivo medido en valor físico (cantidad máxima de turistas, cantidad de monumentos que se quieren preservar, … ), es racional intentar conseguirlo por medio del uso más bajo posible de recursos (es decir, al coste mínimo). Esto se reconoce explícitamente en muchos casos de gestión medioambiental, como por ejemplo, las normas de calidad de agua negociadas totalmente legalmente entre los agentes afectados (Funtowicz et al., 1999).

Esto implica que, en general, hay dos ordenamientos sociales posibles:

1. según el coste más bajo,

2. según el límite físico (cuantos más monumentos se conservaron, tanto mejor).

Quizás la discusión llevaría a la evaluación de que la mejora de un límite físico vale el coste económico extra. O quizás la evaluación podría ser que, dados los costes, es preferible el peor límite físico. En ambos casos tendríamos un ordenamiento distinto de los estados sociales. Se podría llegar al caso de que un ordenamiento único fuera imposible; entonces, el coste-efectividad se transformaría en la comparabilidad débil (Martínez-Alier et al., 1998) implementada por la evaluación multi-criterio; es decir, 2 criterios y 2 ordenamientos diferentes deben tomarse en cuenta explícitamente.

De la discusión anterior se puede llegar a la siguiente conclusión. Poner precio al patrimonio cultural, que normalmente está infravalorado o completamente no valorado en el mercado, da un signo positivo a la sociedad y puede contribuir a un uso más racional que aumente las oportunidades para la conservación de nuestra herencia cultural. Cuando uno desea conservar un monumento o un edificio antiguo, una pregunta fundamental es: ¿hay recursos que la sociedad está dispuesta a asignar a este objetivo? Para contestar a esta pregunta, el uso de técnicas como los precios hedónicos, el coste del viaje o la valoración contingente es deseable y útil. Pero, uno debe recordar que el mercado sólo puede tener éxito en la asignación eficiente de recursos pero no da ninguna garantía para la preservación del patrimonio cultural o natural.

Cuando algo está en el mercado, puede comprarse o puede venderse; es decir, la disponibilidad a aceptar compensación puede causar fácilmente la destrucción de cualquier recurso. Por esta razón, cuando la incertidumbre y la irreversibilidad están presentes, hay necesidad de cambiar el principio de compensación por el de precaución. Al tratar con la herencia cultural, hablar sobre substitución y compensación pierde cualquier significado. Des de un punto de vista económico, el único instrumento útil es el coste-efectividad que fácilmente se puede transformar en situaciones de conflicto típico del análisis multi-criterio.

La evaluación multi-criterio social (EMCS)

Cualquier problema de decisión social se caracteriza por conflictos entre valores e intereses que compiten, y diferentes grupos y comunidades que los representan. Por ejemplo, en la gestión ambiental, las metas de biodiversidad, los objetivos del paisaje, los servicios directos de diferentes entornos como fuentes de recursos y como sumideros de desechos, los significados históricos y culturales que los lugares tienen para las comunidades, las opciones recreativas que proporcionan los entornos, son una fuente de conflicto. Las diferentes dimensiones de valor pueden estar en conflicto entre sí y dentro de sí mismas, y cualquier decisión otorgará diferentes opiniones buenas y malas para los diferentes agentes, tanto en forma espacial como temporal. ¿Cómo se deben resolver esos conflictos?

A lo largo de los últimos veinte años se han desarrollado y aplicado una variedad de métodos multi-criterio de ayuda a la decisión, con el fin de facilitar la organización de información tanto ecológica como económica, como base para los procesos de toma de decisiones en materia ambiental (Beinat y Nijkamp, 1998; Munda, 1995). Los métodos multi-criterio no asumen la conmensurabilidad de las diferentes dimensiones del problema, ya que no proveen un único criterio de elección. En este sentido, no existe la necesidad de reducir todos los valores a la escala monetaria o energética, ayudando a encuadrar y presentar el problema, facilitando el proceso de evaluación y la obtención de acuerdos políticos. Nos encontramos, por tanto, ante un proceso de aprendizaje iteractivo, entre los analistas y los agentes involucrados, en el que se combinan aspectos formales (aquellos propios de la metodología multi-criterio) con aspectos informales, representados por las percepciones, intereses y deseos de los diferentes agentes inmersos en «juego».

Según Simon (1983), se debe hacer una distinción entre el concepto general de racionalidad como una adaptación de los medios disponibles a los fines perseguidos, y las diferentes teorías y modelos basados en una racionalidad que es, o bien, sustantiva, o de procedimiento. Esta terminología puede ser usada para distinguir entre la racionalidad de una decisión considerada en forma independiente de la manera en que se lleva a cabo (en el caso de la racionalidad sustantiva, la racionalidad de la evaluación se refiere exclusivamente a los resultados de la elección) y la racionalidad de una decisión relacionada con la manera en que se lleva a cabo (en el caso de racionalidad procedimental, la racionalidad de evaluación se refiere al proceso de toma de decisiones en sí mismo). Como consecuencia, es imposible basar la validez de un procedimiento en un concepto de aproximación o en una propiedad de convergencia matemática (Roy, 1985). Esta nueva forma de ver la racionalidad implica un nuevo concepto de calidad. ¿Se puede mejorar la calidad de un proceso de decisión?

En la actualidad, los científicos se enfrentan a problemas introducidos a través de políticas en las cuales es común que los hechos sean inciertos, los valores estén en conflicto, los intereses sean altos, y las decisiones urgentes. Por lo tanto, Funtowicz y Ravetz (1994) desarrollaron un nuevo marco epistemológico llamado «ciencia post-normal», donde es posible usar dos aspectos cruciales de la ciencia en el campo de la política: incertidumbre y conflicto de valores. El nombre «post-normal» señala que las operaciones de la ciencia normal difíciles de resolver, en el sentido Kuhniano, que con tanto éxito se extendían del laboratorio de ciencia pura a la conquista de la naturaleza por medio de la ciencia aplicada, ya no son más adecuados para resolver los problemas sociales.

Cuando se usa la ciencia en políticas, los profanos (por ejemplo, los jueces, periodistas, científicos de otra esfera, o simplemente los ciudadanos) a menudo dominan suficientemente la metodología para volverse participantes efectivos en el diálogo. Esta extensión de la comunidad es esencial para mantener la calidad del proceso de resolución de sistemas complejos. De este modo, la apropiada gestión de la calidad se enriquece al incluir esta multiplicidad de participantes y perspectivas. Los criterios de calidad en este nuevo contexto presupondrán principios éticos. Pero en este caso, los principios serán explícitos y formarán parte del diálogo. «El asunto no radica en si el mercado es lo único que puede determinar valor, puesto que los economistas discutieron hace mucho tiempo otras formas de evaluación. Nuestro interés está en la suposición que en cualquier diálogo, todas las evaluaciones o “numeraires” deberían ser reducibles a un único estándar unidimensional (Funtowicz y Ravetz, 1994, p. 198)».

Todos estos argumentos y convicciones me han llevado al desarrollo del concepto de evaluación multi-criterio social (EMCS) (Munda, 2003), cuyo fundamento metodológico es el reconocimiento de que:

  • El uso de un marco multi-criterio es una herramienta muy eficaz para llevar a cabo un estudio multi/inter-disciplinario.
  • La ciencia para la política implica una responsabilidad de los científicos hacia la sociedad entera y no sólo hacia un mítico tomador de decisiones.
  • La participación pública es un componente necesario pero no suficiente. Las técnicas de participación social son una herramienta para mejorar el conocimiento del problema bajo estudio y no para ser usadas en el proceso de evaluación sin ningún filtro crítico. La participación social no implica falta de responsabilidad de los científicos.
  • Los juicios éticos son componentes inevitables del proceso de evaluación. Estos juicios siempre influyen en los resultados. Como consecuencia, la transparencia en los supuestos usados es esencial.
  • Claramente, las matemáticas juegan un papel importante, es decir, para asegurar que los ordenamientos obtenidos sean consistentes con la información y los supuestos usados.

 

Conclusión: la sostenibilidad urbana como un concepto multidimensional co-evolutivo

La sostenibilidad urbana depende, por lo menos, de cinco tipos de capitales: el capital artificial, el natural, el humano, el cultural y el social, y en la manera en que estos capitales se combinan, es decir en su relación mutua. El desafío del desarrollo sostenible urbano es el desafío de coordinar esta dinámica co-evolutiva. Por consiguiente, se necesitan los indicadores monetarios pero también se necesitan indicadores que pueden expresarse en unidades físicas y ordinales diferentes.

Una lección fundamental tiene que aprenderse: es imposible encontrar factores de conversión científicos que puedan transformar las dimensiones ecológicas, económicas y sociales en tierra así como en energía, dinero o cualquier medida común se quiera utilizarse. Los indicadores ecológicos no abordan los problemas socio-económicos. Al otro lado, los instrumentos económicos ponen el énfasis en la eficiencia, olvidándose así, de las dimensiones medioambientales, distributivas y culturales. Consecuentemente, un marco multidimensional es de importancia vital para abordar los problemas complejos que conllevan las políticas para el desarrollo sostenible (Archibugi y Nijkamp, 1990,; Archibugi, 1997; Fusco-Girard y Nijkamp, 1997; Norgaard, 1994).

Hay que notar que la construcción de un proceso de evaluación depende de asunciones muy fuertes sobre (1) el propósito de esta construcción, por ejemplo para evaluar la sostenibilidad de una ciudad dada, (2) la escala geográfica de análisis, por ejemplo un barrio dentro de una ciudad, la unidad administrativa que constituye un Ayuntamiento o el área metropolitana entera y (3) el conjunto de dimensiones (económicas, sociales, medioambientales, etc.), (4) los objetivos e indicadores usados.

Un enfoque reduccionista puede así definirse como el uso de sólo un indicador mensurable (por ejemplo, el producto urbano bruto por persona), una dimensión (por ejemplo, la económica), una escala espacial de análisis (por ejemplo, el Ayuntamiento), un objetivo (por ejemplo, la maximización de la eficiencia económica) y un horizonte temporal. Como consecuencia, un proceso de evaluación de políticas no es sólo un problema técnico; es principalmente, un problema socio-político. Por esta razón es muy recomendable un enfoque participativo para garantizar la calidad del proceso de evaluación.

Giuseppe Munda profesor del Departamento de Economía e Historia Económica de la Universitat Autònoma de Barcelona, Bellaterra, Barcelona.


REFERENCIAS

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