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Las
ciencias ambientales y las «dos culturas»: el valor de la historia
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Agustí Nieto-Galan *
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7/10/04
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Ecotropía
(Barcelona).
Tenemos a menudo la
impresión de que los problemas ambientales que afronta nuestra sociedad
contemporánea son consecuencia del crecimiento tecnológico desmesurado de las
últimas décadas, y los asociamos frecuentemente al uso abusivo de los recursos
naturales en la lógica del crecimiento insostenible que gobierna Occidente. De
hecho, hay buenas razones para pensar que esto es así. Nunca antes habíamos
tenido tanta información en los medios de comunicación sobre conflictos
ambientales (recordemos simplemente casos tan recientes como el del Prestige
o los vertidos de Erquimia en Flix), ni tampoco era previsible, sólo hace unos años,
pensar que las administraciones públicas integrarían la problemática ambiental
en sus proyectos políticos.
Fue precisamente a partir de la década de 1960, y
sobre todo después de la crisis del petróleo de 1973, cuando los movimientos ecologistas
empezaron a ganar terreno ante las opiniones públicas occidentales hasta
incorporar parte de su discurso en las instituciones. La publicación en 1962
del famoso libro Silent Spring (1962)
de la zoóloga norteamericana Rachel Carson, una denuncia de los efectos
perversos de los pesticidas, suele presentarse como el nacimiento simbólico de
una nueva sensibilidad ambiental genuina de nuestro tiempo.
Podríamos reconstruir, aunque todavía con
dificultades, la historia ambiental reciente, desde el Silent Spring hasta la última cumbre de la Tierra, pero, como
ocurre en otros ámbitos del saber, las lecciones históricas nos deberían
transportar también a otros períodos. Una atenta lectura de Platón, Maquiavelo
o Hobbes sigue proporcionando ideas interesantes para analizar nuestros
conflictos políticos, mientras que la aproximación a Adam Smith, o Ricardo
sigue siendo una lección obligatoria para los futuros economistas. En
consecuencia, si la política y la economía, entre otras disciplinas, no han
renunciado a las lecciones del pasado, ¿por qué lo habrían de hacer las
ciencias ambientales? Una primera respuesta, quizás poca reflexiva, nos
llevaría a pensar que la historia no es necesaria para la formación de un
científico, a menudo abrumado por la especialización y la necesidad de superar
densos y exigentes planes de estudio. Lamentablemente, éste es un problema
habitual en la mayoría de universidades y escuelas politécnicas.
Una reflexión más profunda nos permitiría, sin
embargo, tomar conciencia de la imposibilidad de separar, al menos en el caso
de las ciencias ambientales, los factores científicos de los humanistas. Ante
la contaminación del Prestige, la polución atmosférica, la construcción
de una nueva carretera en un bello entorno natural, la gestión de los residuos
urbanos, etc., las decisiones que se toman suelen ser una compleja amalgama de
razones e intereses en los que no siempre se impone la autoridad de la ciencia
y la tecnología. Como afirmaba hace unos años el prestigioso historiador
norteamericano Melvin Kranzberg: «Aunque la tecnología puede ser un elemento
fundamental en muchos problemas públicos, los factores no técnicos son
prioritarios a la hora de discutir una determinada política tecnológica [y
ambiental]».
En una línea parecida se ha expresado el historiador
Donald Worster, convencido de la profunda interrelación entre las llamadas «dos
culturas», la humanística y la científica, cuando analizamos retrospectivamente
un problema ambiental. En este contexto, los científicos pueden tomar conciencia
de la ausencia, demasiado habitual, de factores humanísticos en los libros de
texto de ciencia, así como de la necesidad, cada vez más urgente, de entender
las ideas científicas en contextos culturales concretos. Para Worster existen
tres niveles de análisis en los que se hace patente esta imprescindible
síntesis de las dos culturas:
1. la reconstrucción de la naturaleza en el pasado,
«natural environment in the past»; muy útil para estudiar problemas como el
cambio climático, las catástrofes naturales, la evolución de vientos o mareas,
o los cambios geológicos del planeta.
2. el estudio de las interacciones de la cultura
humana con su entorno natural, «human modes of production»; entre las que podríamos situar las variadas
estrategias socioeconómicas y tecnológicas de supervivencia que los humanos han
utilizado a lo largo de la historia y las modificaciones del entorno natural
que éstas han comportado.
3. la diversidad cultural e histórica de las
percepciones de la naturaleza, «perception, ideology and value»; desde el
progreso ilustrado, defensor de una transformación exhaustiva de los recursos
naturales, hasta la reivindicación romántica del valor estético de la propia
naturaleza.
En los tres niveles de análisis, factores
humanísticos y científicos se entrelazan profundamente y configuran así unas
peculiares características de las ciencias ambientales de donde emana
seguramente su complejidad y su gran interés al mismo tiempo.
Los tres niveles de análisis de Worster pueden
aplicarse a nuestro presente, a la cultura industrial del siglo XIX, y ¿por qué
no?, a las sociedades agrarias preindustriales, que no han estado exentas de
conflictos entre su desarrollo tecnológico, el uso de determinados recursos
naturales y los límites de su explotación. Así, las lecciones de la historia
ambiental trascienden nuestra contemporaneidad, y enriquecen nuestra actual
percepción del problema. La historia nos enseña que la gestión del agua en los
imperios antiguos o los residuos de las ciudades medievales representaron
graves problemas en sociedades alejadas de nuestro modelo industrial. Nos
muestra cómo en los conflictos entre agricultura e industria en el siglo XVIII
la opinión de los médicos como expertos en salud pública estaba a menudo
condiciona por los intereses de los propietarios. Nos permite comprender porque
los análisis químicos de las aguas no explicaban del todo determinadas
decisiones industriales y ambientales en el siglo XIX, o cómo la altura de las chimeneas y las
actuaciones para controlar la contaminación del aire en las ciudades de las
primeras décadas del siglo XX no pasaban necesariamente por un consenso
científico sobre las características de la polución.
Las controversias ambientales están y han estado
condicionadas por factores morales, estéticos, políticos, económicos, por
opiniones divergentes sobre nuestra relación con la naturaleza y los límites de
su explotación, por ambiguas fronteras entre lo natural y lo artificial. Las
reacciones de los protagonistas del pasado, sus argumentos públicos, sus
intereses, sus actuaciones concretas nos ayudan a entender esa siempre compleja
relación de nuestra cultura con la naturaleza, nos interrogan sobre las
retóricas y realidades de nuestros problemas ambientales, sobre nuestros
límites y nuestra escala de valores.
No es extraño, en consecuencia, que ante los retos
del presente, la historia ambiental (environmental
history) haya crecido de forma espectacular en los últimos años. Han
proliferado nuevas publicaciones periódicas, libros, números extraordinarios de
revistas, sociedades y simposios internacionales (ver, por ejemplo, la página
de la European Society for Environmental History: http://www.eseh.org). Asistimos, por tanto, a
la emergencia de una nueva disciplina, la historia ambiental, que a buen seguro
enriquecerá de manera sustancial nuestra forma de abordar las ciencias
ambientales en las próximas décadas. Sus preguntas, su metodología, sus temas
de estudio se encuentran en el núcleo de la intersección de las dos culturas.
Tener en cuenta el medio ambiente en el pasado enriquece y replantea temas
fundamentales de nuestra historia y, al mismo tiempo, la historicidad y sus
lecciones aportan nuevas perspectivas al científico ambiental ante la
complejidad de los conflictos actuales.
Agustí Nieto-Galan
Universitat Autònoma de Barcelona
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