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La era del hollín

Josep Enric Llebot 16/09/04

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Josep Enric Llebot, El cambio climático, Barcelona, Rubes Ed., 1998.

Ecotropía (Barcelona). El hollín o las partículas sólidas derivadas del carbón han estado presentes en la atmósfera, en concentraciones diversas, desde hace siglos. Ya en el siglo XIV, las nieblas de Londres motivaron la redacción de la primera legislación ambiental que regulaba el uso del carbón para la calefacción y la cocina; fueron un recurso imaginativo para muchos autores de la literatura inglesa de los siglos XIX y XX; y ahora, se las considera un componente importante de los estudios de calidad del aire, a la vez que se estudia el papel que pueden jugar en la evolución del clima terrestre. La presencia de los aerosoles derivados del carbón tiene su origen en la combustión de combustibles orgánicos, fósiles o no, y en las emisiones biogénicas procedentes de la vegetación y de los animales.

El carbón elemental, en la forma de grafito, es el principal componente del hollín. Absorbe fuertemente la luz del sol de forma casi uniforme en todo el espectro solar. Arbitrariamente, el hollín se divide en «carbón negro» y carbón orgánico (BC y OC, respectivamente, según su acrónimo inglés). Los compuestos denominados genéricamente como OC absorben poco la radiación solar visible y, en cambio, tienen bandas de absorción importantes en el ultravioleta y el infrarrojo. La tecnología en el uso de las distintas fuentes de energía orgánica caracteriza, de una forma determinante, la concentración atmosférica de BC, mientras que en la concentración de OC no es tan importante la tecnología dominante como la cantidad de combustibles usados.

Debe conocerse, con la mayor precisión posible, la concentración atmosférica de estas partículas ya que de esta forma se puede mejorar la comprensión de su impacto en el clima del pasado y, por tanto, mejorar el conocimiento del impacto antropogénico en la evolución climática. El BC suele tener tiempos de residencia en la atmósfera bajos, por lo que su distribución depende fuertemente de las emisiones; es decir, de las fuentes. Así, los registros históricos muestran concentraciones de 0,1-5 ppb (ppb: 1 parte en 109) en las catas de hielo de los polos, o de 5-20 ppb a partir del estudio de sedimentos en latitudes medias. En los Alpes, la concentración ha pasado de 20 ppb a comienzos del siglo XIX a 75 ppb a comienzos del siglo XXI. El análisis de estos registros es otra forma de caracterizar la evolución tecnológica y el uso de combustibles en una zona determinada. Además, se han obtenido determinaciones del contenido de partículas atmosféricas de carbón a partir del análisis de fotografías antiguas (lo cual limita el alcance del método hasta el año 1850) y del análisis de la capa de polución que se deposita en los monumentos antiguos de piedra. Según este último procedimiento, la atmósfera medieval urbana estaba polucionada por partículas de carbón a causa del uso genérico de la madera como combustible. Evidentemente, durante los siglos XIX y XX las características de estas partículas en la atmósfera han cambiado sustancialmente debido al motor de explosión y, sobre todo, al motor diesel. Actualmente, se determina la concentración de las partículas de carbono en la atmósfera a partir de las redes de medida de la calidad del aire existentes en muchas zonas urbanas y de las observaciones globales obtenidas mediante satélites.

Es incierto el papel global que estas partículas juegan sobre el clima. Por un lado, se cree que el BC contribuye sustancialmente al calentamiento global, aunque las partículas de carbón ayudan a aumentar el albedo de las nubes y, quizás, la cantidad y características de éstas. También disminuyen el albedo de la nieve y de las superficies heladas provocando, por tanto, una mayor absorción de radiación solar y una fusión más rápida de los glaciares y del permafrost. Se cree que, debido a la capacidad de las partículas de carbón para facilitar la condensación del vapor de agua −al igual que en el Londres medieval− afectan las características regionales del clima, aumentando en determinadas zonas la probabilidad de precipitaciones. En definitiva, los aerosoles derivados del carbón pueden ser la mayor fuente de incertidumbre en el análisis del cambio del clima durante el período industrial. Se está progresando intensamente en la comprensión de la historia de las emisiones de estas partículas en el pasado reciente, pero todavía es preciso realizar un gran esfuerzo en la elaboración de modelos y en los inventarios de emisiones. Ello permitirá a la ciencia entender mejor uno de los puntos importantes de la era del hollín.

Josep Enric Llebot es catedrático de Física de la Universitat Autònoma de Barcelona.

Más información:
James Hansen et al.: «Carbonaceous Aerosols in the Industrial Era», EOS 2004; 85: 241-244.
American Geophysical Union: http://www.agu.org/


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