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¿El hidrógeno que poluciona?

4/09/03

Ecotropía (Barcelona). Desde hace unos años, se habla insistentemente de la transición de la actual economía basada en los combustibles fósiles a una economía basada en el hidrógeno como combustible fundamental. La visión que se suele presentar del hidrógeno es la de un combustible que no poluciona. En efecto, las células de combustible generan energía a partir de la oxidación controlada del hidrógeno molecular quedando agua como residuo del proceso. Por lo tanto, el uso de este sistema, en lugar de los motores de combustión interna que actualmente propulsan los vehículos, reduciría de forma sustancial las emisiones a la atmósfera de contaminantes como los óxidos de nitrógeno (NOx), el monóxido de carbono (CO) y las partículas sólidas, así como las de otros contaminantes como el dióxido de carbono (CO2).

Este escenario tan optimista, por lo que se refiere a la mejora de la calidad del aire en aquellas zonas sometidas a un tráfico elevado, no es ajeno a claroscuros. En efecto, en un reciente artículo publicado en la revista Science [Tracey K. Tromp et al., 2003; 300 (5626): 1740-1742], investigadores del Instituto de Tecnología de California evalúan el efecto que sobre el ozono de la estratosfera tendría el hidrógeno que se escapara a la atmósfera como resultado de la producción y el almacenaje del gas y de su uso en las células de combustible.

La atmósfera contiene muy poco hidrógeno, aunque este gas participa en varios ciclos atmosféricos del agua y de algunos polucionantes. El balance actual del hidrógeno en la atmósfera está dominado por las reacciones fotoquímicas que se dan en la atmósfera y por las emisiones procedentes del suelo. En cualquier caso, y aunque es difícil predecir con exactitud cuáles serán las emisiones de hidrógeno asociadas al uso de las células de combustible, no es descabellado pensar, teniendo en cuenta la tecnología disponible y la que se prevé tener en el futuro, que las emisiones de hidrógeno se sitúen entre el 10% y el 20% del total de hidrógeno generado. De ser así, el hidrógeno presente en la atmósfera se multiplicaría por un factor situado entre cuatro y ocho, lo que quiere decir que las emisiones de hidrógeno antropogénicas sería mucho mayores que las actuales emisiones de origen natural. El hidrógeno presente en la atmósfera se movería rápidamente hacia las capas atmosféricas altas debido al movimiento del aire y a su baja densidad y al alcanzar la estratosfera se combinaría con facilidad con el oxígeno atómico para formar agua.

Las predicciones indican que la presencia de agua en mayores concentraciones en la estratosfera daría como resultado un enfriamiento de esta capa y, por lo tanto, un aumento de los procesos que destruyen el ozono y, a la vez, al combinarse el oxígeno atómico con el hidrógeno para formar agua, una disminución de los procesos que forman ozono. En consecuencia, los investigadores americanos concluyen, con el uso de los modelos que simulan la química estratosférica, que el mayor impacto del vertido de hidrógeno a la atmósfera será el aumento de la extensión del agujero de ozono en el Ártico y en la Antártida y, por tanto, la disminución del ozono estratosférico. Evidentemente, los resultados que se obtienen en este trabajo dependen del ritmo de implantación del hidrógeno como combustible y de la rapidez con que los acuerdos internacionales consigan disminuir la concentración de halocarburos en la estratosfera terrestre. Si el vertido de hidrógeno coincide todavía con una concentración sustancial de halocarburos, el efecto será mayor que si la implantación del hidrógeno sigue un ritmo más lento.

Una vez más, vemos cómo no hay tecnologías exentas de riesgo ni transformaciones sociales ideales.


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