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¿El hidrógeno que poluciona?
Ecotropía
(Barcelona).
Desde hace unos años, se habla insistentemente de la
transición de la actual economía basada en los combustibles fósiles a una
economía basada en el hidrógeno como combustible fundamental. La visión que se
suele presentar del hidrógeno es la de un combustible que no poluciona. En
efecto, las células de combustible generan energía a partir de la oxidación
controlada del hidrógeno molecular quedando agua como residuo del proceso. Por
lo tanto, el uso de este sistema, en lugar de los motores de combustión interna
que actualmente propulsan los vehículos, reduciría de forma sustancial las
emisiones a la atmósfera de contaminantes como los óxidos de nitrógeno (NOx),
el monóxido de carbono (CO) y las partículas sólidas, así como las de otros
contaminantes como el dióxido de carbono (CO2).
Este
escenario tan optimista, por lo que se refiere a la mejora de la calidad del
aire en aquellas zonas sometidas a un tráfico elevado, no es ajeno a
claroscuros. En efecto, en un reciente artículo publicado en la revista Science [Tracey
K. Tromp et al., 2003; 300 (5626): 1740-1742], investigadores del Instituto de Tecnología de California
evalúan el efecto que sobre el ozono de la estratosfera tendría el hidrógeno
que se escapara a la atmósfera como resultado de la producción y el almacenaje
del gas y de su uso en las células de combustible.
La
atmósfera contiene muy poco hidrógeno, aunque este gas participa en varios
ciclos atmosféricos del agua y de algunos polucionantes. El balance actual del
hidrógeno en la atmósfera está dominado por las reacciones fotoquímicas que se
dan en la atmósfera y por las emisiones procedentes del suelo. En cualquier
caso, y aunque es difícil predecir con exactitud cuáles serán las emisiones de
hidrógeno asociadas al uso de las células de combustible, no es descabellado
pensar, teniendo en cuenta la tecnología disponible y la que se prevé tener en
el futuro, que las emisiones de hidrógeno se sitúen entre el 10% y el 20% del
total de hidrógeno generado. De ser así, el hidrógeno presente en la atmósfera
se multiplicaría por un factor situado entre cuatro y ocho, lo que quiere decir
que las emisiones de hidrógeno antropogénicas sería mucho mayores que las
actuales emisiones de origen natural. El hidrógeno presente en la atmósfera se
movería rápidamente hacia las capas atmosféricas altas debido al movimiento del
aire y a su baja densidad y al alcanzar la estratosfera se combinaría con
facilidad con el oxígeno atómico para formar agua.
Las
predicciones indican que la presencia de agua en mayores concentraciones en la
estratosfera daría como resultado un enfriamiento de esta capa y, por lo tanto, un
aumento de los procesos que destruyen el ozono y, a la vez, al combinarse el
oxígeno atómico con el hidrógeno para formar agua, una disminución de los
procesos que forman ozono. En consecuencia, los investigadores americanos
concluyen, con el uso de los modelos que simulan la química estratosférica, que
el mayor impacto del vertido de hidrógeno a la atmósfera será el aumento de la
extensión del agujero de ozono en el Ártico y en la Antártida y, por tanto,
la disminución del ozono estratosférico. Evidentemente, los resultados
que se obtienen en este trabajo dependen del ritmo de implantación del
hidrógeno como combustible y de la rapidez con que los acuerdos internacionales
consigan disminuir la concentración de halocarburos en la estratosfera
terrestre. Si el vertido de hidrógeno coincide todavía con una concentración
sustancial de halocarburos, el efecto será mayor que si la implantación del
hidrógeno sigue un ritmo más lento.
Una vez más, vemos cómo no hay tecnologías exentas de riesgo ni transformaciones
sociales ideales.
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