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Simulando las nubes

9/10/03

Ecotropía (Barcelona). Los modelos de circulación general que se utilizan para la predicción meteorológica o para los estudios climáticos consisten en conjuntos de ecuaciones diferenciales acopladas para las variables de estado atmosféricas: la presión, la temperatura, la velocidad del viento y la presión de vapor de agua. Estas ecuaciones permiten la predicción de la evolución del estado de la atmósfera o del clima en el sentido que cada ecuación tiene una derivada temporal que nos permite aproximarnos al estado futuro de la atmósfera y del sistema climático a partir del estado presente. Las ecuaciones se resuelven en una red espacial relativamente tupida, típicamente de centenares de kilómetros de tamaño y entre 10 y 40 capas en la dirección vertical. Si bien estos modelos globales tienen una resolución espacial aceptable, ya que el número de celdas en todo el globo es muy grande y el intervalo temporal que se utiliza es del orden de treinta minutos, requieren ingentes recursos informáticos. Sin embargo, cuando se requiere información regional más precisa, el tamaño de la celda es demasiado grande y debe recurrirse a otras técnicas.

El tamaño de la celda es demasiado grande también para incorporar unos fenómenos atmosféricos tan importantes como son las nubes. En efecto, si por ejemplo la presión de vapor de agua predicha en una celda en un determinado instante de tiempo excede a la presión de vapor de saturación, puede deducirse que se produce condensación, es decir, se está formando una nube. Los modelos, en cambio, no pueden reproducir la nube. Usan algunas parametrizaciones estadísticas, es decir, simplificaciones estadísticas de los procesos físicos que se dan en la nube y, por consiguiente, de sus propiedades.

En un artículo publicado en la revista Physics Today [enero del 2003; 56 (1): 38-44], Thomas P. Ackerman y Gerald M. Stokes explican los aspectos más significativos del programa Atmospheric Radiation Measurement (ARM) puesto en marcha hace 10 años con el objetivo de mejorar la comprensión del efecto de la radiación en los distintos tipos de nubes y su correspondiente efecto en las predicciones meteorológicas y climatológicas.

El programa de puesta a punto del equipamiento usado en el programa ARM ha incluido avances en los radares meteorológicos destinados a determinar las características de las nubes, la mejora de la espectroscopía de alta resolución, el desarrollo de un sistema continuo Raman lidar (el lidar es como un radar excepto que determina la reflexión por los componentes atmosféricos de la luz visible, infrarroja y ultravioleta y utiliza la dispersión Raman* inelástica de la luz del láser para identificar las especies moleculares) para determinar la concentración del vapor de agua y el uso de ingenios aeroespaciales no tripulados que permiten determinar las características de la atmósfera.

Entre algunos resultados recientes que Ackerman y Stokes explican en su artículo de revisión cabe destacar la determinación, con bastante precisión, de la concentración y del espectro de tamaños de los cristales de hielo que forman los cirros. Estas nubes, que se forman en la alta troposfera a altitudes de 5 a 16 km, reflejan menos la radiación solar de lo que lo hacen las nubes bajas y, en cambio, absorben de forma eficiente radiación terrestre procedente de las capas bajas de la atmósfera y de la superficie terrestre. El conocimiento preciso de las propiedades de los cirros es importante para los modelos climáticos, ya que la capacidad de absorción de esas nubes es un elemento imprescindible en el balance energético de la atmósfera. A partir de los datos obtenidos de los instrumentos desarrollados en el programa ARM, los autores explican como se ha conseguido con una combinación de interferometría infrarroja y de radar, determinar con precisión la composición de los cirros en los trópicos y relacionarla con propiedades atmosféricas, pudiéndose elaborar relaciones empíricas que, a su vez, serán la base de parametrizaciones a incorporar en los modelos meteorológicos, pero, principalmente, en los modelos climáticos y que mejoran su rendimiento. Así, con este esfuerzo experimental, se consigue mejorar una componente que, desde hace tiempo, se consideraba muy importante en el desarrollo de la visión prospectiva de la evolución de la atmósfera.


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