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El almacenaje de los desechos nucleares

6/11/03

Ecotropía (Barcelona). Muchos países se encuentran, en la actualidad, en la encrucijada de hallar una solución para sus residuos nucleares. Algunos de ellos optan por mantener estos residuos enterrados en minas hasta encontrar una solución más satisfactoria. Los problemas en este tipo de almacenamiento surgen principalmente de dos factores:

La presencia de radionúcleos que generan calor (HGR) y que imponen restricciones en el almacenamiento, debido a que éstos deben compartimentarse en pequeños recipientes separados del resto por un gran volumen de roca. Esta limitación provoca un alto coste, tanto ambiental como económico.

Los radionúcleos de vida muy larga (VLLR), presentes en los desechos radioactivos, deben ser separados de la biosfera durante más de un millón de años para garantizar la no contaminación de ésta. Evidentemente, en este caso, no existen emplazamientos capaces de garantizar un óptimo aislamiento durante períodos tan largos.

Si del total de los desechos radioactivos se eliminan los HGR y los VLLR (que representan una proporción muy reducida) se tiene como resultado un tipo de residuos mucho menos peligrosos que no precisan unas medidas de aislamiento tan restrictivas. Por un lado, la ausencia de HGR permite acumular volúmenes mucho mayores de residuos y, por tanto, economizar espacio. Por otro, la vida de los radionúcleos restantes es mucho más corta, de unos miles de años, siendo la tecnología actual capaz de avalar de manera satisfactoria el almacenamiento de éstos. Además, estos desechos no suponen un peligro mayor que los depósitos de materiales radioactivos que se pueden encontrar de forma natural.

Por tanto, surge la necesidad de hallar un sistema de eliminación o almacenamiento de los residuos del tipo HGR y VLLR que sea capaz de solventar los problemas que éstos llevan implícitos. Es en este contexto en el que el investigador británico Fergus Gibb enmarca sus investigaciones. Gibb propone la disposición de los residuos en volúmenes pequeños enterrados a gran profundidad. El procedimiento consiste en llenar contenedores cilíndricos con HGR y depositarlos a 4 o 5 kilómetros de profundidad en la corteza continental granítica. El calor desprendido por los residuos genera, rápidamente, una zona de granito parcialmente fundido que rodea el depósito y que, conforme va cesando la emisión de calor, se va enfriando y recristalizando, sellando por completo los materiales radioactivos. Pero, para que esto se produzca son necesarias dos condiciones, que la fusión parcial del granito se produzca a temperaturas que no destruyan el cilindro y que el granito fundido recristalice completamente.

Ambas condiciones deben cumplirse durante el tiempo en el que la temperatura es elevada (la temperatura máxima es de 850ºC, decreciendo hasta 600ºC al cabo de 45 días). Pero en la naturaleza, la cristalización del granito es un fenómeno muy lento, que lleva miles o millones de años. En el artículo «Granite recrystallisation: The key to the nuclear waste problem?» (Geology 2003, 31: 657-660), Gibb y sus colaboradores presentan los resultados obtenidos en los experimentos de laboratorio que simulan las condiciones de recristalización del granito. Estos experimentos muestran que una sección típica de la corteza granítica puede ser parcialmente fundida a temperaturas inferiores a 850ºC, de manera que es capaz de recristalizar completamente cuando se enfría a temperaturas de 550ºC a un ritmo de enfriamiento inferior a 0,1ºC/hora, valor mucho menor que el que se daría alrededor de un contenedor. Así, con estos experimentos, Gibb demuestra que el mecanismo que propone es viable, al menos en el laboratorio, para el almacenamiento definitivo de los residuos nucleares más peligrosos.


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