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El almacenaje de los
desechos nucleares
Ecotropía
(Barcelona).
Muchos países se encuentran, en la actualidad, en la
encrucijada de hallar una solución para sus residuos nucleares. Algunos de
ellos optan por mantener estos residuos enterrados en minas hasta encontrar una
solución más satisfactoria. Los problemas en este tipo de almacenamiento surgen
principalmente de dos factores:
La presencia de radionúcleos que
generan calor (HGR) y que imponen restricciones en el almacenamiento, debido a
que éstos deben compartimentarse en pequeños recipientes separados del resto
por un gran volumen de roca. Esta limitación provoca un alto coste, tanto
ambiental como económico.
Los radionúcleos de vida muy
larga (VLLR), presentes en los desechos radioactivos, deben ser separados de la
biosfera durante más de un millón de años para garantizar la no contaminación
de ésta. Evidentemente, en este caso, no existen emplazamientos capaces de
garantizar un óptimo aislamiento durante períodos tan largos.
Si del total de los desechos
radioactivos se eliminan los HGR y los VLLR (que representan una proporción muy
reducida) se tiene como resultado un tipo de residuos mucho menos peligrosos
que no precisan unas medidas de aislamiento tan restrictivas. Por un lado, la
ausencia de HGR permite acumular volúmenes mucho mayores de residuos y, por
tanto, economizar espacio. Por otro, la vida de los radionúcleos restantes es
mucho más corta, de unos miles de años, siendo la tecnología actual capaz de
avalar de manera satisfactoria el almacenamiento de éstos. Además, estos
desechos no suponen un peligro mayor que los depósitos de materiales radioactivos
que se pueden encontrar de forma natural.
Por tanto, surge la necesidad de hallar un sistema de
eliminación o almacenamiento de los residuos del tipo HGR y VLLR que sea
capaz de solventar los problemas que éstos llevan implícitos. Es en este
contexto en el que el investigador británico Fergus Gibb enmarca sus
investigaciones. Gibb propone la disposición de los residuos en volúmenes
pequeños enterrados a gran profundidad. El procedimiento consiste en llenar
contenedores cilíndricos con HGR y depositarlos a 4 o 5 kilómetros de
profundidad en la corteza continental granítica. El calor desprendido por los
residuos genera, rápidamente, una zona de granito parcialmente fundido que
rodea el depósito y que, conforme va cesando la emisión de calor, se va
enfriando y recristalizando, sellando por completo los materiales radioactivos.
Pero, para que esto se produzca son necesarias dos condiciones, que la fusión
parcial del granito se produzca a temperaturas que no destruyan el cilindro y
que el granito fundido recristalice completamente.
Ambas condiciones deben
cumplirse durante el tiempo en el que la temperatura es elevada (la temperatura
máxima es de 850ºC, decreciendo hasta 600ºC al cabo de 45 días). Pero en la
naturaleza, la cristalización del granito es un fenómeno muy lento, que lleva
miles o millones de años. En
el artículo «Granite recrystallisation: The key to the nuclear waste problem?»
(Geology 2003, 31: 657-660), Gibb y sus colaboradores presentan los resultados
obtenidos en los experimentos de laboratorio que simulan las condiciones de
recristalización del granito. Estos experimentos muestran que una sección
típica de la corteza granítica puede ser parcialmente fundida a temperaturas
inferiores a 850ºC, de manera que es capaz de recristalizar completamente
cuando se enfría a temperaturas de 550ºC a un ritmo de enfriamiento inferior a
0,1ºC/hora, valor mucho menor que el que se daría alrededor de un contenedor.
Así, con estos experimentos, Gibb demuestra que el mecanismo que propone es
viable, al menos en el laboratorio, para el almacenamiento definitivo de los
residuos nucleares más peligrosos.
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