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El calentamiento de las tierras heladas
Ecotropía
(Barcelona).
En la
actualidad existen varias evidencias que indican la existencia de un
calentamiento global. Éste se manifiesta en diferentes formas y a diferentes
escalas. En prospecciones realizadas en Alaska se
observa cómo la temperatura del suelo en los primeros 50 a 100 metros presenta
una marcada desviación hacia el calentamiento con respecto al gradiente más
profundo, sugiriendo un calentamiento superficial a lo largo del siglo pasado
de entre 2 y 4ºC.
Se conoce con el nombre de permafrost cualquier material de la roca o del suelo que se halle por debajo de 0°C de
forma continua durante dos o más años. La estipulación mínima de dos años se
debe a la necesidad de excluir de la definición la capa superficial de tierra
sobrepuesta que se congela cada invierno y deshiela cada verano (llamada la
«capa activa» o «helada estacional»). El permafrost es una condición
termal del suelo y, por tanto, su formación, persistencia o desaparición vienen
condicionadas, en gran medida, por el clima. Esta condición ha sido
identificada por la Organización Meteorológica
Mundial (WMO) como uno de los seis
indicadores criosféricos del cambio global en el sistema global de observación
climática (GCOS) ya que su distribución,
temperatura y grueso responden a los cambios ambientales naturales (cambios en
la temperatura del aire y/o precipitación) y a las alteraciones antropogénicas.
La interacción entre el clima sobre la tierra y el clima
bajo ella es compleja y depende de varios factores, muchos de los cuales están
afectados por el cambio climático. Hay, generalmente, un retraso entre los
cambios de temperatura en la superficie terrestre y los cambios en el
permafrost en profundidad. Para el permafrost grueso, este retraso puede ser
del orden de centenares o millares de años, y para el permafrost fino, de años
o décadas. Esta propiedad lo convierte en idóneo para detectar cambios en el
clima actual.
En el artículo «Warming
Permafrost in European Mountains» [Global and Planetary Change
2003; 39: 215–225], Charles Harris et al. presentan, por primera vez
en Europa, un análisis sistemático de las temperaturas en el subsuelo de las
montañas con permafrost. Las mediciones de temperatura se realizaron en
perforaciones en la roca madre a una profundidad de hasta de 100 metros. Esta
campaña se enmarca en el proyecto financiado por la UE sobre hielos perpetuos y
clima en Europa (PACE) y consiste en la realización de ocho perforaciones desde
los Alpes hasta el círculo polar ártico. Esto ha permitido la creación de una
red europea para monitorizar la evolución de las nieves perpetuas a lo largo de
Europa.
El conjunto de datos que aporta Harris
muestra unos gradientes térmicos consistentes con el calentamiento
superficial producido a lo largo del siglo XX. Los resultados también sugieren
un mayor calentamiento de las zonas más septentrionales, tal como predicen los
modelos climáticos a escala global. Las primeras aproximaciones de
calentamiento superficial oscilan entre los 0,5ºC en Suiza y 1ºC en la isla
noruega de Svalbard. La reacción del permafrost a los cambios que se producen
en la atmósfera será apreciable, prediciéndose un progresivo deshielo en las
zonas árticas y un mayor grado de inestabilidad en las zonas montañosas
meridionales; todo ello generará graves implicaciones medioambientales. Un aumento
de la temperatura superficial del suelo repercute en el permafrost de tres
maneras: espesando y calentando la capa activa superficial en un período que
varia de uno a varios años, cambiando el perfil de temperaturas vertical y
disminuyendo la anchura del permafrost debido al derretimiento de la base en un
período de décadas o siglos.
Los impactos del calentamiento y degradación del
permafrost serán importantes en regiones donde éste es rico en hielo. El
deshielo puede dar lugar a la pérdida de cohesión del suelo y producir una
inestabilización de éste que tendría implicaciones importantes para muchos
procesos naturales. Estos cambios, al igual que las alteraciones asociadas a la
hidrología superficial, los regímenes del agua subterránea, y la vegetación
superficial tienen impactos socioeconómicos relacionados con los ecosistemas,
las infraestructuras y el desarrollo. Además, el aumento de las temperaturas en
regiones de permafrost afectará el ciclo del carbón a través de cambios en las
fuentes y sumideros del gas asociados al deshielo o a la quema de la turba del
permafrost afectado.
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