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En busca del carbono
perdido
Ecotropía
(Barcelona).
La capacidad por retener el
carbono de los suelos y del agua de los océanos ha sido una cuestión largamente
debatida y todavía no resuelta. En un artículo publicado recientemente en la
revista Science (Science 2004, 304: 1623-1627), R. Lal, de la
Universidad Estatal de Ohio, en los Estados Unidos, realiza una revisión de
los datos más recientes sobre
las estimaciones de la capacidad de los suelos por retener el carbono. En el
artículo se menciona que la capacidad de retención de carbono por los suelos
agrícolas y degradados representa entre un 50% y un 66% del carbono perdido por
éstos, cifrado entre las 42 y las 78 gigatoneladas (Gt=1012 kg) de
carbono. En el artículo se explica cómo determinadas estrategias de gestión y
tratamiento de los suelos pueden contribuir al aumento de la capacidad de éstos
por retener el carbono y, a la vez, incrementar la productividad por hectárea
de las explotaciones agrícolas. Con ello se consigue un efecto doble: aumentar
la productividad de las explotaciones agrícolas y paliar, aunque parcialmente,
el creciente contenido de dióxido de carbono de la atmósfera procedente de las
emisiones asociadas a la combustión de combustibles fósiles.
Tradicionalmente, el carbono (en forma de compuestos
orgánicos e inorgánicos) almacenado en los suelos se evalúa en 2500 Gt, lo que
representa 3,3 veces el carbono atmosférico y 4,5 veces el carbono retenido en
la biosfera, aunque apenas supone el 5% del carbono almacenado en los océanos.
La conversión de los suelos como terrenos agrícolas ha supuesto una merma de su
capacidad para retener el carbono en forma de compuestos orgánicos cuya
variación está en función de si éstos corresponden a regiones templadas o
tropicales. Se evalúa que la conversión de suelos naturales a agrícolas supone,
en promedio, la pérdida de la capacidad de retención del carbono orgánico de
unas 50 toneladas por hectárea. Además, esta pérdida de carbono degrada la
calidad del suelo, reduce la productividad de biomasa y actúa negativamente
sobre la calidad del agua. Se calcula que desde la época preindustrial la
transformación de los usos de los suelos es responsable de un tercio de las 400
Gt de dióxido de carbono emitidas a la atmósfera.
El secuestro de carbono implica transferir el dióxido de
carbono atmosférico a depósitos de largo plazo en el suelo, a través de
determinadas prácticas de gestión. La tasa de incorporación del carbono
orgánico en el suelo no sigue una relación lineal, sino que experimenta
oscilaciones de incluso 5 a 20 años después de la adopción de las técnicas más
adecuadas de gestión. Alcanza dicho máximo para, poco a poco, restablecer un
estado de equilibrio. Las tasas de absorción de carbono observadas en los
suelos agrícolas dependen de la textura del suelo, de sus características y de
la climatología de la zona, y se mueven entre los 150 kg de C por año en
regiones cálidas y secas hasta los 1000 kg de C por año en las regiones húmedas
y frías. El uso continuo de determinadas prácticas de gestión puede mantener la
tasa de absorción de carbono entre 20 y 50 años, mejorando la estructura del
suelo, obteniendo mejores rendimientos de las cosechas y conservando la
diversidad. El artículo se mencionan las zonas donde la degradación del suelo
es más importante y, por lo tanto, donde la aplicación de técnicas de gestión
adecuadas puede notarse ostensiblemente. Estas zonas son el África
subsahariana, el Asia central y del sur, la China, la región andina, el Caribe
y las sabanas ácidas de América del sur en las cuales, la causa de la
degradación de los suelos frecuentemente se debe a la pobreza de los
agricultores que gestionan las explotaciones.
El artículo finaliza con un mensaje de optimismo al
apostar por las políticas de secuestro del carbono como una herramienta
eficiente para mejorar la seguridad de los alimentos y, a la vez, colabora en
la paliación del aumento de dióxido de carbono en la atmósfera.
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