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El Sol cada vez calienta más
Ecotropía
(Barcelona).
La vida en la Tierra
depende del Sol, y éste determina la vida en las diferentes zonas del planeta.
El Sol, o mejor dicho la energía que nos llega de él, condiciona el clima
terrestre. Los ciclos solares se conocen desde hace aproximadamente trescientos
años. Lejana queda la intuición de un lord inglés que correlacionó el precio
del trigo en el mercado de cereales de Londres con las manchas observadas en la
superficie del Sol. Hoy se sabe que el Sol sigue un ciclo de unos 11
años, durante los cuales la estrella alcanza un máximo de actividad magnética
y, por lo tanto, del número de manchas solares, al que le sigue un período más
tranquilo denominado mínimo solar.
La influencia de la radiación solar sobre la vida
terrestre y, por lo tanto, sobre el clima, ha propiciado el desarrollo de
numerosos estudios acerca de la evolución de las cantidades de energía que
recibimos. Los registros históricos de la actividad solar indican que durante
el siglo XIX la cantidad de energía recibida ha aumentado muy lentamente. Lo
que los expertos intentan dilucidar ahora es si durante el recién acabado siglo
XX se ha dado el mismo fenómeno. Los últimos registros pueden ser especialmente
interesantes, ya que ha sido en el último cuarto de siglo cuando se ha
dispuesto de información abundante y detallada procedente de los instrumentos
instalados a bordo de los satélites.
La irradiancia solar total es la energía solar
radiante recibida por la Tierra en todas las longitudes de onda en el exterior
de la atmósfera. En un artículo publicado en el número de marzo de la revista Geophysical Research Letters, Richard C.
Willson, de la Universidad de Columbia (Estados Unidos) y Alexander V.
Mordvinov de la Academia de Ciencias de Rusia [Geophys.Res.Lettl 2003; 30
(5), 1199, doi:10.1029/2002GL016038] informan de los primeros resultados
de sus investigaciones sobre los datos de la radiación procedente del Sol,
especialmente los referidos a los mínimos de emisión. Efectivamente, los
instrumentos situados a bordo de satélites proporcionan una información
continua y muy rica sobre la energía solar ya que no se hallan sometidos a la
perturbación continua de la atmósfera que experimentan los instrumentos
situados en la superficie terrestre. Tienen, en cambio, un importante
inconveniente que consiste en su calibración mutua, es decir, en saber cómo
comparar los valores absolutos de un instrumento con los de otro, e incluso en
determinar en un mismo instrumento cómo las medidas registradas varían en el
tiempo como consecuencia de variaciones en la actividad solar o debido al
cambio de los propios dispositivos de registro del instrumento.
Estos problemas instrumentales son especialmente
relevantes en el caso de la determinación de la radiación solar ya que la
cantidad de energía que nos llega del Sol es muy grande y las variaciones que
experimenta son muy pequeñas. A modo de ejemplo, las oscilaciones que se dan
durante la semana que dura el viaje de las manchas solares por la superficie
visible del Sol suponen una variación de la irradiancia total del 0,2%. Estos
cambios son prácticamente insignificantes y son comparables a los cambios que
puede haber experimentado la energía procedente del Sol a lo largo de todo el
siglo XX pero, en cambio, equivalen, en números absolutos, a la energía
utilizada por todo el mundo en un año!
En su trabajo, Willson y Mordvinov han utilizado el
largo y extenso conjunto de medidas sobre la radiación solar procedentes de los
satélites de distintos países para generar una base de datos. Con esta
información, analizan el comportamiento de la radiación solar cuando la
estrella está en su mínimo de emisión, durante los ciclos 21-23, que hacen
referencia, aproximadamente, a los últimos treinta años. El estudio concluye
que la energía recibida ha aumentado un 0,05% por década, resultado que apunta
en la misma dirección que los obtenidos por otros estudios que afirman que,
poco a poco, la constante solar va intensificándose.
La importancia de este resultado incide, sobre todo,
en el trabajo de los climatólogos físicos. Efectivamente, si la radiación del
Sol crece, el aumento de la temperatura de la atmósfera podría deberse, en
parte, a este proceso y, en ese caso, la contribución de los vertidos de gases
causantes del efecto invernadero tendría menor importancia. La difusión pública
de estos argumentos ha propiciado la publicación del magnífico artículo de
Willson y Mordvinov y también el interés de los opositores a la interpretación
antrópica del aumento de la temperatura terrestre.
Debemos mantenernos expectantes acerca del progreso
del trabajo de estos expertos. El aumento del 0,05% de la energía recibida por
década se refiere únicamente a la variación del mínimo. ¿Acaso el aumento del
máximo sea mayor? Tendremos que esperar hasta disponer de esta información para
poder sacar conclusiones que ahora no dejan de ser especulaciones, frente a la
realidad del constante aumento de la cantidad de gases de efecto invernadero
que van a parar a la atmósfera.
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