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El doble filo del DDT

19/02/04

Ecotropía (Barcelona). Los insecticidas y pesticidas han sido utilizados desde hace milenios para evitar que las cosechas fueran devoradas por insectos u otros animales. Inicialmente, se utilizaban el azufre, las cenizas u otros compuestos que el hombre podía obtener con facilidad.

Los avances de la ciencia y de la industria química hicieron posible la aparición de los denominados insecticidas de segunda generación. Los más importantes pertenecen a las familias de los organoclorados (clorocarbonados), los organofosfatos y los carbamatos.

El DDT (el primero de los organoclorados) fue descubierto como insecticida por el doctor Müller en 1939. Un descubrimiento que le valió el premio Nobel, años más tarde, por el enorme avance que supuso para el control de plagas y enfermedades humanas como la malaria. Además de sus propiedades como insecticida, se creyó, en un principio, que su toxicidad en humanos era baja. Por ese motivo, se promovió su utilización como medida de prevención de la malaria y, se calcula que, en los primeros años de uso, evitó la muerte de 5 millones de personas por año. Sin embargo, al cabo de poco tiempo se empezaron a descubrir importantes problemas asociados con su utilización y el DDT se fue prohibiendo paulatinamente, cada vez en más países, descendiendo drásticamente su producción.

El mayor problema del DDT es que se trata de un producto de lenta degradación y su persistencia en el medio puede alargarse durante varios años. Es muy poco soluble en agua, lo que impide que sea eliminado mediante la orina, y es, por el contrario, muy soluble en grasas, acumulándose en el tejido adiposo de los organismos. De esta forma, se va bioacumulando a lo largo de la cadena trófica, pudiendo alcanzar concentraciones muy altas en los organismos superdepredadores.

Debido a su utilización masiva hasta la década de los años setenta, este elemento aún puede encontrarse en muchos ecosistemas, en los cuales todavía provoca daños. En un estudio reciente publicado por la revista Environmental Research (2004; 94: 18-24) un grupo de investigadores, encabezados por la doctora Leticia Yánez, del Laboratorio de Toxicología Ambiental de la facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de San Luís Potosí, analiza el daño ocasionado por el DDT en las células sanguíneas. El estudio consiste en el análisis de las células de 54 donantes, procedentes de dos comunidades, una con antecedentes de desinfección de malaria con DDT y el otro sin ningún contacto previo con este pesticida. El DDT fue muy usado antes de 1999 en México, tanto en la agricultura como en el programa de contención de la malaria. Esto explica que se hayan registrado altos niveles de DDT en los tejidos de niños y adultos, ya que la exposición a este producto perdura, dada su elevada persistencia en el medio. La posible exposición a otras sustancias tóxicas por parte de los individuos analizados también ha sido tomada en cuenta.

Los resultados del equipo sugieren que el DDT, administrado como medida de contención de la malaria entre 1957 y 1998, es el causante de los daños detectados en las células analizadas.

Más información en la red
http://www.epa.gov/pesticides/
http://www.beyondpesticides.org/main.html


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