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El doble filo del DDT
Ecotropía
(Barcelona).
Los insecticidas y pesticidas han sido
utilizados desde hace milenios para evitar que las cosechas fueran devoradas
por insectos u otros animales. Inicialmente, se utilizaban el azufre, las
cenizas u otros compuestos que el hombre podía obtener con facilidad.
Los avances de la
ciencia y de la industria química hicieron posible la aparición de los
denominados insecticidas de segunda generación. Los más importantes
pertenecen a las familias de los organoclorados (clorocarbonados), los
organofosfatos y los carbamatos.
El DDT (el primero
de los organoclorados) fue descubierto como insecticida por el doctor Müller en
1939. Un descubrimiento que le valió el premio Nobel, años más tarde, por el
enorme avance que supuso para el control de plagas y enfermedades humanas como
la malaria. Además de sus propiedades como insecticida, se creyó, en un
principio, que su toxicidad en humanos era baja. Por ese motivo, se promovió su
utilización como medida de prevención de la malaria y, se calcula que, en los
primeros años de uso, evitó la muerte de 5 millones de personas por año. Sin
embargo, al cabo de poco tiempo se empezaron a descubrir importantes
problemas asociados con su utilización y el DDT se fue prohibiendo paulatinamente,
cada vez en más países, descendiendo drásticamente su producción.
El mayor problema
del DDT es que se trata de un producto de lenta degradación y su persistencia
en el medio puede alargarse durante varios años. Es muy poco soluble en agua,
lo que impide que sea eliminado mediante la orina, y es, por el contrario, muy
soluble en grasas, acumulándose en el
tejido adiposo de los organismos. De esta forma, se va bioacumulando a lo largo
de la cadena trófica, pudiendo alcanzar concentraciones muy altas en los
organismos superdepredadores.
Debido a su
utilización masiva hasta la década de los años setenta, este elemento aún
puede encontrarse en muchos ecosistemas, en los cuales todavía provoca daños. En un
estudio reciente publicado por la revista Environmental Research (2004; 94:
18-24) un grupo de investigadores, encabezados por la doctora Leticia Yánez,
del Laboratorio de Toxicología Ambiental
de la facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de San Luís Potosí,
analiza el daño ocasionado por el DDT en las células sanguíneas. El estudio
consiste en el análisis de las células de 54 donantes, procedentes de dos
comunidades, una con antecedentes de desinfección de malaria con DDT y el otro
sin ningún contacto previo con este pesticida. El DDT fue muy usado antes de
1999 en México, tanto en la agricultura como en el programa de contención de la
malaria. Esto explica que se hayan registrado altos niveles de DDT en los
tejidos de niños y adultos, ya que la exposición a este producto perdura, dada
su elevada persistencia en el medio. La posible exposición a otras sustancias
tóxicas por parte de los individuos analizados también ha sido tomada en
cuenta.
Los resultados del
equipo sugieren que el DDT, administrado como medida de contención de la
malaria entre 1957 y 1998, es el causante de los daños detectados en las
células analizadas.
Más información en la red
http://www.epa.gov/pesticides/
http://www.beyondpesticides.org/main.html
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