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El fin de la teoría del balancín: nuevos retos para los modelos climáticos
Ecotropía
(Barcelona).
Los Modelos Acoplados de Circulación General (CGCM, en
inglés) integran nuestro conocimiento acerca de la circulación atmosférica y
oceánica. Actualmente se usan diferentes versiones de estos modelos que, en
general, conducen a una mejor comprensión de la variabilidad climática natural
en diferentes escalas de tiempo y ayudan a la predicción meteorológica y a la
elaboración de proyecciones de escenarios climáticos estacionales. También se
usan para reconstruir climas pasados, especialmente en condiciones de cambios
climáticos abruptos. La intercomparación de los modelos, los nuevos datos que
proporcionan los satélites para calibrarlos y probarlos y la mejora en las
parametrizaciones de los procesos oceánicos y atmosféricos son factores que han
ayudado a mejorar los resultados de estos modelos.
La
confianza en las prestaciones de los modelos para conseguir una adecuada
representación del futuro climático se sustenta en el cumplimiento de cuatro
condiciones: que representen de forma adecuada el clima presente; que
reproduzcan (dentro de la variabilidad anual y de decenios) los cambios que han
tenido lugar desde el inicio de los registros instrumentales regulares
(alrededor de 1860); que reproduzcan un episodio climático del pasado derivado
de registros paleoclimáticos y por último, que realicen una simulación de los
sucesos más característicos de un cambio climático abrupto del pasado. En este
contexto, los registros paleoclimáticos de más calidad y volumen son los que
corresponden al Holoceno (hace 6000 años) y al último máximo glacial (entre 18
000 y 21 000 años), por lo tanto, son estos períodos los que se analizan
experimentalmente con más intensidad y con los datos obtenidos se validan los
modelos. El análisis de la estabilidad de un clima futuro marcado por unas
perturbaciones de origen antropogénico superiores a las que se dieron de forma natural durante el Holoceno y el
período interglacial anterior es un tema fundamental que se plantea a los
modelos climáticos pero éstos, antes, deben ser capaces de reproducir el
comportamiento del clima del pasado de forma fidedigna. Las actuales
simulaciones de los modelos pueden reproducir ahora características importantes
de los cambios climáticos del pasado, pero las verificaciones precisas se
sustentan también en la capacidad de los paleoclimatólogos de sincronizar los
registros y en el establecimiento de una cronología precisa.
Una
publicación reciente de Vin Morgan y otros siete colegas en la revista Science [2002; 297(5588):
1862-1864] pone en
cuestión, a partir de datos obtenidos del análisis de burbujas de aire en las
catas de hielo obtenidos en Law Dome (zona este del continente Antártico), la
visión, al parecer simplista, que se tenía hasta ahora de que la evolución
climática en la Antártida se producía como respuesta directa a los cambios
abruptos de la circulación termohalina* en el
Atlántico Norte. En efecto, los autores proponen que las variaciones en la
temperatura y la hidrología Antártica que modulan la cantidad de hielo marino y
la salinidad del mar Antártico son anteriores a los cambios en la circulación
termohalina del planeta y, por lo tanto, creen que se debe abandonar la idea de
un único mecanismo (el balancín), en el norte o en el sur, que desemboca en
cambios muy importantes en la climatología del planeta. Parece más razonable
pensar en interpretaciones alternativas, como la que presentan Ganopolski y
Rahmstorf en la prestigiosa revista de física Physical
Review Letters [2002, 88 (3): 038501-1], sobre la resonancia
estocástica, según la cual, las fluctuaciones en el comportamiento del sistema
climático son las que desencadenan la amplificación de los cambios si
encuentran un entorno geográfico propicio.
Con
estos resultados pues, se ponen a prueba de nuevo los modelos que se enfrentan
con el reto de reproducir un escenario distinto al que han reproducido hasta
ahora.
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