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El fin de la teoría del balancín: nuevos retos para los modelos climáticos

24/04/03

Ecotropía (Barcelona). Los Modelos Acoplados de Circulación General (CGCM, en inglés) integran nuestro conocimiento acerca de la circulación atmosférica y oceánica. Actualmente se usan diferentes versiones de estos modelos que, en general, conducen a una mejor comprensión de la variabilidad climática natural en diferentes escalas de tiempo y ayudan a la predicción meteorológica y a la elaboración de proyecciones de escenarios climáticos estacionales. También se usan para reconstruir climas pasados, especialmente en condiciones de cambios climáticos abruptos. La intercomparación de los modelos, los nuevos datos que proporcionan los satélites para calibrarlos y probarlos y la mejora en las parametrizaciones de los procesos oceánicos y atmosféricos son factores que han ayudado a mejorar los resultados de estos modelos.

La confianza en las prestaciones de los modelos para conseguir una adecuada representación del futuro climático se sustenta en el cumplimiento de cuatro condiciones: que representen de forma adecuada el clima presente; que reproduzcan (dentro de la variabilidad anual y de decenios) los cambios que han tenido lugar desde el inicio de los registros instrumentales regulares (alrededor de 1860); que reproduzcan un episodio climático del pasado derivado de registros paleoclimáticos y por último, que realicen una simulación de los sucesos más característicos de un cambio climático abrupto del pasado. En este contexto, los registros paleoclimáticos de más calidad y volumen son los que corresponden al Holoceno (hace 6000 años) y al último máximo glacial (entre 18 000 y 21 000 años), por lo tanto, son estos períodos los que se analizan experimentalmente con más intensidad y con los datos obtenidos se validan los modelos. El análisis de la estabilidad de un clima futuro marcado por unas perturbaciones de origen antropogénico superiores a las que se dieron de forma natural durante el Holoceno y el período interglacial anterior es un tema fundamental que se plantea a los modelos climáticos pero éstos, antes, deben ser capaces de reproducir el comportamiento del clima del pasado de forma fidedigna. Las actuales simulaciones de los modelos pueden reproducir ahora características importantes de los cambios climáticos del pasado, pero las verificaciones precisas se sustentan también en la capacidad de los paleoclimatólogos de sincronizar los registros y en el establecimiento de una cronología precisa.

Una publicación reciente de Vin Morgan y otros siete colegas en la revista Science [2002; 297(5588): 1862-1864] pone en cuestión, a partir de datos obtenidos del análisis de burbujas de aire en las catas de hielo obtenidos en Law Dome (zona este del continente Antártico), la visión, al parecer simplista, que se tenía hasta ahora de que la evolución climática en la Antártida se producía como respuesta directa a los cambios abruptos de la circulación termohalina* en el Atlántico Norte. En efecto, los autores proponen que las variaciones en la temperatura y la hidrología Antártica que modulan la cantidad de hielo marino y la salinidad del mar Antártico son anteriores a los cambios en la circulación termohalina del planeta y, por lo tanto, creen que se debe abandonar la idea de un único mecanismo (el balancín), en el norte o en el sur, que desemboca en cambios muy importantes en la climatología del planeta. Parece más razonable pensar en interpretaciones alternativas, como la que presentan Ganopolski y Rahmstorf en la prestigiosa revista de física Physical Review Letters [2002, 88 (3): 038501-1], sobre la resonancia estocástica, según la cual, las fluctuaciones en el comportamiento del sistema climático son las que desencadenan la amplificación de los cambios si encuentran un entorno geográfico propicio.

Con estos resultados pues, se ponen a prueba de nuevo los modelos que se enfrentan con el reto de reproducir un escenario distinto al que han reproducido hasta ahora.


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