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El cambio climático en zonas montañosas
Ecotropía
(Barcelona).
Las
zonas montañosas son fuente de agua, de minerales, de energía, de productos
agrícolas y, recientemente, de turismo. Son un gran entorno de biodiversidad,
acogen especies amenazadas y, por supuesto, forman parte del ecosistema global.
Asimismo, las áreas montañosas representan un entorno único para la detección
del cambio climático, constituyendo un buen laboratorio para estudiar sus
impactos. Hay varias razones para ello: la señal del cambio climático en zonas
montañosas es más rápida, ya que en una distancia horizontal relativamente
corta se dan cambios en la altura relacionados con la vegetación y la
hidrología que pueden detectarse con relativa rapidez; además, los ecosistemas
están relativamente aislados y, en consecuencia, presentan importantes e
interesantes especies endémicas. Así, ciertas cadenas montañosas pueden ser
calificadas de islas biológicas cuyo estudio aporta copiosa información para
las comunidades de expertos.
En un
artículo reciente publicado en la revista Climatic Change
[julio del 2003; 59 (1-2):
5-31], Martin Beniston, de la
Universidad
de Fribourgo, en Suiza, analiza globalmente los posibles impactos del
cambio climático en las regiones montañosas y, en el apartado de conclusiones,
aporta posibles acciones de adaptación y sugerencias sobre estudios adicionales
que podrían llevarse a cabo. El estudio del científico suizo cobra actualidad
también, ya que responde a las recomendaciones que se formulan en el tercer
informe del IPCC (Intergovernmental Panel on
Climatic Change), publicado en julio de 2001, incitando a los expertos a
pasar del análisis global de los impactos del cambio climático a los estudios
regionales.
Las
montañas son la fuente de más del 50% de los ríos del mundo, esto implica que
los cambios del clima que inducen variaciones en la hidrología tienen
repercusiones, no sólo en las regiones montañosas, sino también en las regiones
que dependen del aporte hídrico para los usos domésticos, industriales,
energéticos y agrícolas. En su trabajo, Beniston menciona algunas de las
regiones donde presumiblemente los cambios hidrológicos comportarán problemas
de abastecimiento de agua, así como el cambio en la cantidad de nieve caída y
el retroceso continuo y generalizado de los glaciares en todo el mundo. Por lo
que se refiere a los ecosistemas naturales, en el artículo se mencionan las
migraciones de especies hacia cotas superiores debido al ascenso de las
isotermas y se compara la capacidad de adaptación de las mismas con el tiempo
medio necesario para que las comunidades vegetales se adapten al cambio.
Las
montañas suponen, también, un escenario especialmente útil para los estudios
que relacionan los cambios ambientales con problemas de salud, especialmente,
en determinadas zonas de África, relacionando la incidencia de la malaria con
el aumento de la temperatura y los cambios en la humedad. Beniston acaba su
estudio con unos breves comentarios respecto al turismo y apuntando algunas
recomendaciones sobre qué aspectos de la investigación en las zonas montañosas
deben tener prioridad y gozar de incentivos para su desarrollo. Entre las
recomendaciones, cabe citar el desarrollo de sistemas viables de monitorización
y análisis de indicadores de cambio de las características de los distintos
ambientes, con un especial énfasis en los indicadores hidrológicos, el
desarrollo de modelos integrados que permitan evaluar las relaciones entre la
ecología, la hidrología y los usos del suelo, así cómo la sensibilidad de los
sistemas a los cambios externos. El autor también recomienda el desarrollo de
estrategias de gestión del suelo y de los recursos naturales sostenibles,
modulados por la evolución de la economía y de la demografía.
En
suma, gracias al trabajo de Beniston, podemos conocer de forma global, concisa
y clara, las principales amenazas y los principales retos con los que se
enfrentan las regiones de montaña en el futuro.
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